
Fue en el mes de diciembre de 2017 cuando la afición del Arcángel hacía la ola en la grada. No era para celebrar el 5-0 al Reus (ahora -paradojas de la vida-, según Carlos González, el Córdoba no está tan lejos de sucumbir a su misma suerte), sino para celebrar que el propio González vendía. Una felicidad que iba a ser efímera e iba a traer un calvario para el club del que aun no se conoce el desenlace y cualquier escenario es posible. Cualquiera.
De ese 20 de diciembre a mediados de enero de 2018 pasó casi un mes en el que comenzaron a aflorar los problemas. González no quiso vender las acciones a Jesús León y Luis Oliver. Por lo que fue el primero el que asumió la compra y puso al Navarro como “hombre fuerte”. Fue la época de vino y rosas, pese a los avisos de La Liga, en la que se gestó una salvación prodigiosa. Hasta que, a finales de junio y principios de julio comenzaron los problemas.
El impago de uno de los plazos a González (que León renegoció), el despido de Oliver y la dimisión de Francisco como entrenador sin haber sido ni siquiera inscrito arrojaban síntomas preocupantes que, una mayoría (incluido algún medio afín) ignoró. A ello se sumó el negado y luego reconocido límite salarial impuesto por la patronal, el nefasto traspaso de Guardiola al Getafe, el colapso en la parcela deportiva y un largo etcétera de problemas que derivaron en retrasos en el pagos a unos jugadores que, como confesó Álex Vallejo a final de temporada, se sintieron engañados. Luego vinieron los problemas con las inscripciones, los asuntos judiciales (cada vez más preocupantes) y hasta problemas para pagar la luz del estadio.
Otros diferentes, con alguna excepción, se embarcaron en la aventura de Segunda B y en apenas tres meses de competición, ya han anunciado que llevan dos sin cobrar. Ya no se hace la ola en la grada del Arcángel desde hace mucho, pero el Córdoba puede acabar como el rival de aquella noche y la desaparición cobra cada vez más cuerpo.






