La amenaza de un mal desconocido e inmediato, que puede acabar contigo o con tus seres queridos, hiela los huesos y desarma la autosuficiencia. Nos empequeñece y descubre como seres débiles, en una sociedad que se ha trasmutado en un universo físico que para la mayoría empieza y acaba en el umbral de su casa. Pero con una gran ventana: las nuevas formas de comunicación nos acercan como nunca al “mundo mundial” cuando nos sentimos, precisamente, más solos que nunca.
Las redes sociales y los medios de comunicación de masas conforman esa gran pantalla, sin mayor embudo que el que tu mismo quieras aplicar. Y ahí se cuentan historias, opiniones, imágenes, fake… La vida misma discurre en ese gran patio de vecinos que es internet.
Así, vemos como afrontamos una situación extraordinaria, no contemplada por casi nadie en sus expectativas vitales o profesionales. Un momento para el que pocos estaban preparados. Ante la crisis del coronavirus ni el sistema sanitario podía albergar recursos disponibles para esta magnitud de demanda, ni el personal sanitario estar entrenado y tampoco los dirigentes experimentados para tomar decisiones excepcionales. Tampoco los ciudadanos habían hecho cursos de confinamiento.
Por tanto, la situación se afronta con los medios que se tienen y la profesionalidad y compromiso de millares de servidores públicos, héroes anónimos dispuestos a dar todo lo mejor de sí en un momento extremo.

Es la cruda realidad. La vida humana no es perfecta, tampoco lo es la planificación para situaciones extraordinarias. Aunque ante la situación crítica y con la información que se disponga se debe actuar con la diligencia debida para minimizar el daño.
Por ello, ante la situación que estamos viviendo todos pasamos el exámen. También los llamados lideres se ponen a prueba, en sus decisiones públicas y en las privadas. Y hoy el foco y el ángulo con que se les evalúa no lo controla nadie, a pesar de los intentos. Siempre hay una válvula de escape para sortear al asesor/controlador/manipulador. Cada vez aparecen más desnudos los actores ante la opinión pública. Veamos.
Estamos conociendo al “líder” que prioriza su agenda de intereses tan ciegamente que, incluso, minusvalora o desprecia la amenaza no tomando medidas a tiempo para mitigarla o, por su torpeza, acrecentarla. Cuantos conductores, presos de vanidad al volante por una urgencia en llegar al destino han puesto en peligro las vidas de los suyos, incluso ocasionándoles la muerte. ¿ Era tan importante estar a su hora en el sitio deseado ? ¿ más que la propia vida ?
Alguien podría encajar en esa situación a los Sánchez, Iglesias, Montero, Calvo que teniendo la información y competencia para tomar medidas preventivas no se atrevieron a adoptarlas o prefirieron hacerlo pasado el 8 de marzo.
También somos espectadores de como responden algunos de estos lideres ante las obligaciones cívicas o la cobertura de sus propias necesidades vitales.
El decreto del gobierno dice quién debe estar en cuarentena y cómo, sin embargo, el presidente y vicepresidente de ese mismo gobierno, cuyas parejas han resultado infectadas del virus y sometidas a cuarentena, se saltan el protocolo que sí nos imponen a los demás mortales. Y lo justifican diciendo que “toda norma tiene excepciones”.
Y, como último ejemplo, la decisión sobre donde recibo o reciben mis seres queridos la asistencia sanitaria en una situación de saturación extrema de la red pública de hospitales.
Ayer se destapa que la vicepresidenta Calvo acudió el pasado domingo por una urgencia respiratoria a una clínica privada de renombre internacional. Nada que objetar si no fuese porque ella, junto a su partido, se han llenado la boca en defensa de lo público, excluyendo y denostando los servicios de la sanidad privada.
Este escaparate lo intentan tapar, silenciar con todos sus medios, que son muchos. Parece que para ellos lo importante no es lo que hacen sino que se sepa, que se conozcan y valoren públicamente sus conductas.
Resultan hipócritas, imitadores del Tartufo de Molière: “quien peca en silencio, no peca, es el escándalo lo que vuelve pecaminosa a la acción”. Por eso, hay que aniquilar al mensajero.
Pero ya no vale ser tartufo. Para quienes públicamente se exponen tanto apenas queda espacio de silencio. Y así, desnudos, demuestran su pequeñez para tan altas responsabilidades.






