Durante el año transcurrido, han sido mucho los testimonios de adhesión que se han recogido, para la reposición de este simbólico monumento, erigiéndose incluso una plataforma con el nombre de “Amigos de la Cruz de Aguilar”, que todos los días recuerda tan lamentable hecho y que trabaja continuadamente para que la Cruz vuelva a su ubicación original, lugar donde jamás debió dejar de estar.
“En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo!” Gálatas 6:14

La utilización del signo de la Cruz como simbología del cristianismo se remonta al año 311 después de Jesucristo.
Se dice que el Emperador Constantino, alcanzaba las últimas vías próximas a las Puertas de la Ciudad de Roma, a la espera del enfrentamiento bélico con el magno ejército de Marco Aurelio Majencio.
Tan escasas posibilidades de triunfo observarían en aquel momento Constantino que asiéndose a la última esperanza, invocó a Dios Nuestro Señor en aquel momento, según dice la historia.
Vio sobre el cielo una Cruz resplandeciente, mostrando una leyenda:
“In hoc signo vinces”
(Con este signo vencerás)
El día después de ese primer encuentro del Emperador con la Cruz, la victoria fue suya en la batalla sobre el río Milvio.
Dicen que en agradecimiento por aquel milagro, Constantino I el Grande, ordenó rubricar sus insignias y armas con el símbolo de la Cruz, promulgando en el año 313 el histórico edicto de Milán.
Desde entonces, no sólo cesan las persecuciones contra los cristianos, sino que se les redime de sus cautiverios, devolviéndoseles sus bienes.
Aquella Vera Cruz, donde Cristo padeció hasta morir, aquella Cruz que fue objeto de persecuciones e instrumento de torturas, se convirtió en el primer símbolo y en la primera causa de libertad.
Años más tarde, en el 326 D.C., la madre del Emperador señalaría un horizonte en su vida, el hallazgo de la Vera Cruz, donde Cristo sufrió martirio.

Helena de Constantinopla, madre de Constantino el Grande, empleó todos los métodos posibles, hasta averiguar dónde podría hallarse la Cruz donde fue crucificado Nuestro Señor.
Así, con el esfuerzo de los hombres que le había asignado su primogénito, localiza y comprueba, el 3 de mayo del año 326, cuál de las tres cruces era la milagrosa, la que redime, la que abrazó el cuerpo de Cristo en sus últimas y agónicas horas.
Desde ese momento, el símbolo de símbolos del cristianismo, cobró un papel fundamental, por su adoración y por su representación iconográfica. Los fragmentos llevados a Roma de la Cruz de Cristo, se conservan en la actualidad en la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén de Roma, muy próxima a la Basílica Pontificia de San Juan de Letrán.
“Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por Tu Santa y Vera Cruz, redimiste al mundo”

Adentrados en el siglo IV, la Cruz se erige como distintivo y único símbolo para la representación de Cristo y su sacrificio para la salvación del hombre.
Atrás por tanto, quedarían relegados los primitivos símbolos de los primeros seguidores de Cristo, estos son: el pez, el ancla, la paloma y el pastor.
Cuentan que la primitiva representación de la Cruz que nos ha llegado hasta nuestros días se ubica en el año 134 en un altar de Palmira, izada en “honor de Aquel cuyo Nombre es Bendito en la eternidad”.
La Cruz es la seña de identidad de los cristianos, procedan de donde procedan y hablen la lengua que hablen.
En la totalidad de los escritos apostólicos observamos el amor y la veneración a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
Del culto externo, el signo de la Cruz pasa a la liturgia del día a día.
La Cruz signada en la frente, en los labios y en el pecho, al partir del hogar, antes de dormir, ante los temores o en acción de gracias
La Cruz, que remata nuestras Capillas Sacramentales junto al Cáliz de la Vida.
La Cruz, que signamos en nuestra frente cuando de hinojos nos postramos ante el Cordero de Dios que se haya en los Sagrarios.
Para evitar posibles futuros robos de la Santa Vera Cruz de Cristo, se decidió hacerla fragmentos y llevarlos a distintos lugares.
Uno de los trozos, se envió a Constantinopla, otro se llevó a Roma, otro fragmento se quedó en Tierra Santa y otra parte se fragmentó en astillas pequeñas para repartirlas por el orbe cristiano y sus iglesias.

A dichas reliquias se las llamó de la Vera Cruz (Verdadera Cruz) y así se planta la semilla de lo que en adelante se conocerían como Hermandades de la Vera Cruz en España.
Los Templarios fueron los primeros que se organizaron para custodiar las reliquias de la Cruz de Cristo. La Orden del Temple era un compendio de cuatro estamentos: los caballeros, los escuderos, los hermanos laicos y los sacerdotes.
Se tiene constancia de la existencia de la advocación de la Vera Cruz en Córdoba en el año 1497, en una ermita del Campo de San Antón a extramuros de la ciudad. En el siglo XVI cobran auge las hermandades de este título al amparo de los religiosos franciscanos y la de Córdoba se erige en el Convento de San Pedro el Real, actual Parroquia de San Francisco y San Eulogio. Su inicio hay que encontrarlo en 1536, año en el que el Pontífice Paulo III a instancias del Cardenal Quiñones concede indulgencias a la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Toledo. La Cofradía de la Vera Cruz de Córdoba, gozaría de los beneficios espirituales concedidos por Su Santidad Paulo III en 1538.

Lo deja escrito Pablo de Tarso, San Pablo.
“Nosotros predicamos a cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles” (1 co 1, 23)
Los cristianos, no exaltamos cualquier cruz, por el contrario, adoramos la Cruz que Jesús santificó con su sacrificio de inmenso de amor y entrega.
Habiendo derramado su preciosa sangre, liberó al género humano de la muerte y de las tinieblas en que estaba sumido.
De manera tal, que aquel instrumento que Roma instituyó como tortura y escarnio para el reo, se convirtió por Cristo, en símbolo de amor que vence al odio, a la violencia y a la muerte, llevándonos a la Resurrección.
Así canta la liturgia:
“¡O Crux, ave spes unica!” (“¡Oh Cruz, única esperanza!”)
E-mail: lavozdelascofradiasencordoba@gmail.com







