Luminaria Celeste


El Levítico, tercero de los Libros del Pentateuco, dice que la mujer que diera a luz, debía acudir al Templo cuarenta días tras el parto para purificarse.

Luminaria celeste
Foto: LVC

Cada 2 de Febrero, los cristianos seguimos celebrando la Purificación de Nuestra Señora y la Presentación de Jesús al Templo, fiesta litúrgica conocida como La Candelaria o la Fiesta de la Luz.

La Candelaria o Fiesta de la Luz, se instaura a mitad del siglo V, estableciéndose la misma en virtud al alumbramiento de la Virgen María dando así Luz al mundo. Es esta sin duda, una fiesta mariana y gloriosa por excelencia. Esta celebración litúrgica, tiene un marcado carácter oriental pues no llega hasta Occidente hasta el siglo VII.
En los albores de la invención de la Fiesta, se daba más protagonismo a la Presentación de Jesús que a la Purificación de la Virgen. En tiempos de Nuestro Señor, y según mandato de las escrituras del Levítico, toda fémina tenía que presentarse en el Templo para purificarse, tras cuarenta días después del parto. Si el vástago era varón, debía procederse a la circuncisión a los ocho días y la madre tenía que permanecer en su hogar durante treinta y tres días más, así purificaría su espíritu, mediante la oración y la meditación.
La Virgen Santísima, siguiendo el mandato de la Ley Judía, acudió al Templo con su Hijo y su esposo, llevando dos tórtolas como ofrenda. Allí, el anciano Simeón, tomó al Niño en sus brazos bendiciéndolo y profetizó a la Virgen la primera de las muchas amarguras que tendría que penar a lo largo de su vida: “Este Niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a Ti misma una espada te atravesará el corazón…”

La Candelaria o fiesta de las Candelas, posee un marcado carácter glorioso y cristológico, ya que procede de la bendición de Simeón al Señor:”…luz para iluminar a los gentiles y gloria de Tu pueblo Israel”. Sin embargo, en nuestros días, la recordamos con un tinte sumamente mariano, de hecho, es una de las advocaciones de la Santísima Virgen más difundidas en el mundo, Candelaria, Luz o Luminaria.

Cartel anunciador de la Romería de la Candelaria.

En nuestro país, la máxima representación fervorosa la atesoran las Islas Canarias, esa es la advocación de su Patrona, cuya devoción se remonta a 1401, al Puerto de Güímar, donde apareció la Virgen morena, casi cien años antes de la Conquista de Tenerife.
La devoción a Nuestra Señora de la Candelaria, iconografía mariana letífica cuyas manos sostienen al Niño y a una candela o vela, llega hasta el Nuevo Mundo y se reza ante esta Bendita advocación en Cartagena y Medellín, (Colombia); Ceiba, Popa, Cayamas y Morón, (Cuba); Valladolid en la península del Yucatán (Méjico), donde dice la historia que llevó Cortés reflejada en una medalla al cuello a la Virgen de la Candelaria; Puno (Perú); Río Branco (Brasil); Caracas y Valencia (Venezuela); Coamo, Lajas, Mayagüez y Manatí (Puerto Rico); Bolivia, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras, Argentina, Paragua y en Méjico, donde cuentan que Cortés llevaba al cuello una medalla con la Imagen de la Santísima Virgen de la Candelaria.
Leyendo a cerca de la devoción universal a la Virgen de la Candelaria, nos hemos encontrado con el fervor al Nazareno de la Candelaria, en tierras guatemaltecas. Le procesionan sobre un paso portado por hermanos, el día del Amor Fraterno, el Jueves Santo.

Diseño del techo de palio de la Candelaria.

En España, la Candelaria está presente desde tiempo inmemorial en localidades tales como Toledo, Córdoba, Málaga, Jerez, Sevilla, Madrid, Salamanca, Huelva, Granada, Ciudad Real y Cáceres, entre otras ciudades.

En unos tiempos tan aciagos y sombríos, como los que nos ha tocado vivir, bien merece la pena festejar esta fiesta litúrgica que solo nómbrala irradia esperanza y vida.
¡Candelaria, la Fiesta de la Luz y de la Purificación, cómo necesitamos esta bendita advocación para llenar nuestra vida y nuestro corazón de esa luminaria celeste!