Este virus perverso que venimos padeciendo desde el año dos mil veinte ya ha hecho una hendidura demasiado profunda en las facultades vitales de un alto porcentaje de personas. Se acaban de cumplir dos años de la detección “oficial” del primer caso en nuestro país y está a punto de ejecutarse el mismo intervalo de tiempo desde que la población tomara conciencia, relativa eso sí, de lo que empezábamos a vivir. Una época difícil que aparenta no tener término porque cuando da la sensación de que se vislumbra luz al final del túnel, de nuevo aparece la oscuridad para aturdirnos.
Ahora, con el paso de los días, más de setecientos; de las semanas, en torno a cien; de los meses, casi veinticuatro…, se percibe el modo en que esta enfermedad ha hecho mella en nuestra salud mental de forma atroz. Niños, jóvenes, adultos y mayores, todos afectados en mayor o menor medida. Las relaciones sociales no son lo que eran, miramos con desconfianza a nuestro alrededor y por más que queremos evadir los contagios, no para la transmisión; vocablos nuevos que se introducen en el lenguaje, como la coronafobia que padecen los que han convertido el COVID-19 en una obsesión. Estamos reteniendo en nuestra memoria una realidad sesgada cuando tratamos de recordar a personas que no hemos visto anteriormente; en mi caso lo he experimentado con los alumnos que al principio de cada cuatrimestre observo por primera vez. Es necesario ver a las personas sin filtros, no basta con que los ojos sean el espejo del alma porque detrás de una mascarilla se esconde gran parte de cada criatura. Tengo la sensación de que esta pandemia nos está haciendo caminar y retroceder continuamente, dar pasos hacia delante y volver atrás para seguir en el mismo sitio.
En el periodo que duró el confinamiento hubo trabajadores esenciales que hicieron posible que no nos faltaran los servicios básicos y, en cierto modo, cada uno ha podido normalizar su actividad. Pero considero que el personal sanitario y aquellos que atienden a personas mayores y/o dependientes en sus hogares o en centros especializados no han disminuido su nivel de estrés desde que comenzó todo esto. Creo que es de justicia volver a traer a la memoria a los que más han padecido esta situación y que todavía hoy la siguen sufriendo en silencio, aquellos que se ven obligados a permanecer entre cuatro paredes. La tristeza se ha apoderado de aquellos centros que consiguieron esquivar al temido “bichito” y que inevitablemente ahora lo están experimentando. En ellos se puede reconocer a verdaderos héroes personificados en esos trabajadores agotados, abatidos, desolados, que siguen adelante porque hacen bien a los abuelos pero que no encuentran la empatía necesaria en unas circunstancias de las que en apariencia se ha aprendido bien poco. Al final de cada jornada sí que pueden repetir lo que dice el refrán: no hay almohada más cómoda que una conciencia tranquila. Tengo la certeza de que la justicia divina los recompensará.







