Los preparativos suelen disfrutarse más que las fiestas. Me gusta hacer referencia a los refranes porque el pueblo siempre ha sido muy sabio; porque es en ese ámbito donde reside una inteligencia que brota de lo sencillo, que siempre es algo fresco, actual, ya que se puede utilizar para describir múltiples situaciones. En este sentido, para la idea que ronda hoy por mi cabeza, sería aplicable el dicho de “vísperas de mucho, días de nada”.
Pienso esta idea en voz alta ya que tengo la sensación de estar en vísperas de la Semana Santa pese a que todavía falten casi dos meses. Estamos en ese tiempo inmediatamente anterior en el que la maquinaria empieza a ponerse en funcionamiento y se percibe la cercanía de un evento bastante relevante en nuestra ciudad y que es extensible a todo el territorio andaluz. Ya se reparten papeletas de sitio, se programan horarios, se estudian recorridos, los cultos solemnes inundan las iglesias… Los ensayos de costaleros recorriendo las calles de la ciudad, pasando bajo tu ventana, te hacen sentir ese gusanillo que recorre tu cuerpo y lo llena de inquietud tratando de dilucidar si tal vez no han sido momentos vividos en un lapso menor del que a veces nuestra mente es capaz de recordar.
Pero estamos sumidos en la incertidumbre, continuamos en un periodo en el que seguimos haciendo todo con bastante precaución pensando en qué pasará mañana. ¿Cómo planificar algo que está tan lejano? Proyectar a siete semanas vista es un espacio demasiado extenso cuando nos hemos habituado a no hacer planes más allá del día en que vivimos. La alegría que arroja esta nueva ilusión se nubla, se ve con recelo; inquieta pensar en tantos vuelcos como ha dado a nuestra vida esta cansina pandemia.
En cualquier caso, tras dos años en blanco, creo que en esta ocasión sí volverá el entusiasmo a todos los rincones. Atrás quedarán las celebraciones más íntimas: las del primer año, recluidos al calor del hogar, en clausuras improvisadas como no hubiéramos pensado ni en un mundo imaginario; y, las del segundo, con una liberación contenida, con la pesadumbre del que se queda a medias y no puede por más que obedecer unas normas que llegan a parecer eternas. Este 2022 nos dará la oportunidad de parafrasear a Fray Luis de León, de poder anunciar con ese “como decíamos ayer” que todo vuelve; o también, citando a Santa Teresa, que “todo se pasa / Dios no se muda / la paciencia todo lo alcanza”…
Confío en que los recelos de estas vísperas hagan emerger una inolvidable semana en la que, con mascarilla o sin ella, estalle el buen tiempo, abunden las torrijas, se multipliquen los capirotes, rebosen de cera derramada las calzadas… En definitiva, que se pueda vivir con plenitud el misterio que se repite cada año en primavera.







