Interrupción voluntaria del pensamiento


Son caminos que nos dirigen a un futuro que se adivina oscuro, uniforme y lúgubre

Córdoba se suma a la campaña de la ACdP que desafía el plan proaborto del Gobierno.
Córdoba se suma a la campaña de la ACdP que desafía el plan proaborto del Gobierno.

La campaña que ha iniciado la Asociación Católica de Propagandistas no va en contra del aborto. O no sólo se posiciona en contra de lo que de manera cursi y administrativa se denomina ‘interrupción voluntaria del embarazo’. No. La ACdP, con acierto y sobre todo valentía, pone en la calle con más dificultades que cualquier otra asociación una defensa sin ambages de la libertad.

Las dificultades ya son conocidas. Y esperadas, en cierta forma: la izquierda no tolera que se ponga en duda su catecismo laico doctrinario. La derecha voluble mira para otro lado. Y, todo hay que decirlo,  algunos católicos escondidos se quedan en sus catacumbas de confort porque no quieren ser señalados. En ese sentido la libertad sale muy dañada porque está constreñida, acobardada y amordazada.

Lo peor del aborto no es  ya que se nos presente como un derecho indiscutible – porque aquí no permiten el debate, las ideas confrontadas y la disidencia- sino que tras muchos años de mensajes repetidos, leyes bien financiadas y escandalosos silencios, el aborto se ha naturalizado como se ha naturalizado la muerte a la carta o el delito de sedición con el ‘derecho a votar’. Derechos a medida del totalitarismo ideológico, de los intereses económicos – las clínicas abortivas los tienen sobremanera-  y de aquellos que en la sombra del poder más corrupto y esférico dictan cómo deben ser los caminos de la humanidad. Y no son halagüeños, precisamente. Son caminos que nos dirigen a un futuro que se adivina oscuro, uniforme y lúgubre. Los mismos que venden diversidad nos quieren uniformados dentro de un guion del que no se permite salir. Ni tan siquiera para rezar. Llevan años vendiendo budismo barato, leyes de atracción universales y flores de Bach. Llevan décadas controlando los medios de comunicación, las finanzas, los gobiernos y las voluntades. No solo legislan o modifican las leyes para sus intereses: promueven la persecución, el escarnio, y la cancelación, que se dice ahora. Promueven la muerte envuelta en causas justas, solidarias y ecológicas.

La campaña de la ACdP reclama que la gente pueda rezar delante de una clínica abortiva porque defiende la libertad, no solo la oración. Pero los que se dicen defensores de los derechos (y de la libertad-según-ellos) no lo quieren permitir y de hecho no lo han permitido en algunas ciudades. Como no permiten dudar del apocalipsis climático, de los géneros inventados y del heteropatriarcado – ese falso constructo que tan buenos dividendos subvencionados está llenando los bolsillos de muchas feministas- ni de nada de aquello que se salga de su visión infalible.

Esta semana, cuando he buscado algunos profesionales para opinar sobre la reforma del código penal que impedirá rezar a las puertas de los abortorios me he encontrado con sonoros silencios y mutis de todo tipo. En algunos casos se trata simplemente de mala educación. Pero todos ellos se deben al miedo. El miedo que no tienen en la ACdP porque, aunque el riesgo de cancelación social y linchamiento es grande, saben que hoy te prohíben rezar y mañana te encarcelan porque niegas que el virus exista. Ya está pasando, de hecho.

Hay una tragedia mayor que la de renunciar al derecho indiscutible y sagrado de la vida: la interrupción voluntaria del pensamiento por la que gran parte de nuestros vecinos y conciudadanos ha optado. Solo apelan a la moralidad y muestran inquietudes intelectuales cuando tiran un palo en un campo de fútbol.