Romano


La Universidad que querías. La vida que deseas. Desde pequeño ya soñabas con irte lejos y ver mundo.

Tu hermana se hizo mayor cuando rodeábamos las Tres Mil. Comenzó a llorar porque definitivamente te quedabas en Sevilla, en un piso que no es tu casa, en un entorno en el que ella ya no te tenía cerca; ella a la que has cuidado y cuidas como hermano, el primogénito que llegó en un verano de gente huida para regalarnos noches en blanco a tu madre y a mí. Ese hombre que ahora eres, iniciaba su vida de verdad con otras gentes, con otras perspectivas, en otra cama, un barrio extraño y con la inevitable distancia que llega con los años y la libertad.

Lloraba desconsolada porque crecer duele. Darse cuenta de ello en una autovía fue solo una circunstancia donde las lágrimas caían sobre la niña que también ya es una mujer mucho más cierta que la adolescente que te acompañó para ayudarte con las maletas y ver que su hermano se quedaba bien colocado. Es algo que me conmueve porque los hermanos solo lo son desde el cuidado y el amor mutuos. Y eso no lo tienen todos los hermanos. También lo entiendo como una recíproca supervivencia, protectora y bellísima, desarrollada desde vuestra más tierna infancia ante un entorno que nosotros, los supuestos adultos, los padres modernísimos que fuimos, convertimos en hostilidad, egoísmo, heridas y deshonestidad. Quisimos ser libres sin reparar que eso ya no era posible desde aquel verano y otro casi consecutivo, cuando tu hermana llegó, curiosamente, sin llorar y con el cabello acaracolado. Los hijos son una dulce cadena sagrada con la que tu posibilidad de movimientos y decisiones se limitan bastante. O por completo. Y las consecuencias de las decisiones que tomas pueden ser mucho más colaterales y dolorosas porque dañan a la parte más débil y pequeña, los niños que solo piensan en Spiderman y Pin y Pon, personajes que para mí son la última infancia vuestra que me permitieron disfrutar. Y ahora me tocó dejarte en Sevilla. Y a tu hermana también.  

La Universidad que querías. La vida que deseas. Desde pequeño ya soñabas con irte lejos y ver mundo. A Canadá, para más señas, cosa que a mí siempre me hizo mucha gracia pudiendo elegir algún destino clásico como Nueva York o una base en la Luna. De todas maneras, vivir al lado del Villamarín no es hacerlo en Quebec, pero es un primer paso. Lo de elegir Derecho tampoco me extrañó porque posees en tu corazón la nobleza de los que buscan justicia y amparo para los más débiles, aunque después acabes en política, que todo es posible. Te querré igualmente.

En aquel viaje con tu hermana rota de amor se abrían todas las incógnitas de un primer curso, de moverte por calles nuevas, de un cuatrimestre con profesores distintos y libros fotocopiados en multicopista como primera medida de supervivencia económica. La segunda es cocinar pasta también en las fiestas de guardar.

En aquel viaje yo también me rompí por dentro, pero procuré que tu hermana no se diese cuenta. Suelo estar bastante quebrado en general, pero lo llevo con españolidad y buen talante. Las noches que no hablamos – aunque me llamas casi todas- mis brazos se acuestan por un lado, una pierna se queda en la mesita de noche y el corazón junto al móvil. A nuestro grupo de Whatsapp lo nominé ‘González Power’ pero ya sabes que soy un poco gilipollas. Es precisamente el único consejo que os doy desde siempre a los dos: “No hagáis el gilipollas”. Y lo entendéis a la perfección sin necesidad de más explicaciones ni matices. Yo tengo un máster en eso y en noches insomnes y no me gustaría que lo heredaseis.

La noche de tu primer examen dormí menos que tú, tan nervioso que estabas, con tu responsabilidad a cuestas y las horas largas de biblioteca y la incertidumbre de la prueba por escrito. Derecho Romano. Se me antojaba una odisea latina y jurídica para un adulto joven y nativo digital, incluso para mí, que ahora me examino todos los días de Analytics en Google.

Ayer en ‘González Power’ enviabas un ‘Romano/Sobresaliente’. Y lloré como tu hermana aquella tarde en la carretera. Y no por la nota, que me importa bien poco, sino porque a pesar de ser un padre roto, vosotros me recomponéis cada día.