La vejez


Hay señoras que se ponen salchichas en los labios para ahuyentar a las arrugas y la flacidez. Pero los años las acaban pillando igualmente

Según hemos sabido esta semana la causa oficial de la muerte de la reina Isabel II ha sido la vejez. Así. Sin más. Lo han dictaminado los forenses reales y lo han publicado en un parte de defunción un tanto austero a pesar del carácter histórico, monárquico e imperial del deceso. La reina más longeva, la que ha sido testigo de tantos hitos históricos del siglo XX y parte del siglo presente murió finalmente de vieja. Nada de ‘fallo multiorgánico’ ni el siempre eufemístico ‘tras una larga enfermedad’ que emplean los cursis y los que siguen queriendo ocultar la también humana decadencia y fragilidad que nos lleva a la tumba. La vejez, fíjense, existe. Y mata. Como la vida cada día.

Ocurre que la vejez está mal vista. Bueno, en realidad no se quiere ver. La dejamos aparcada en residencias geriátricas; se le disfrazó hace décadas de ‘tercera edad’, cuando nos hicimos sofisticados de repente con el desarrollismo,  y ahora nos dicen que los 60 son los nuevos 50. Pero envejecemos. Indefectiblemente. Afortunadamente. De manera lógica e irreversible.

Hay señoras que se ponen salchichas en los labios para ahuyentar a las arrugas y la flacidez. Pero los años las acaban pillando igualmente, tanto a ellas como a sus labios frankfurt. Y se nos quedan como ancianas que cantan constantemente el ‘Only you’. La chica del banco al que he acudido esta mañana a ingresar dinero tiene labios gruesos de bótox postizo, tacones de vértigo y cara de mala leche. Está atendiendo a un señor mayor en su mesa de diseño que ha venido a primera hora a fastidiarle el rato previo a su hora del desayuno. Para ella no es un señor mayor, sino un viejo que no se entera de nada y al que le pregunta varias veces de muy mala manera “Pero ¿porqué no ha empezado por ahí, Manuel?”.

Manuel no sabe por donde empezar porque, para empezar, él no está en un banco sino en una nave sideral sostenible. Manuel hace tiempo que ya no dispone de su cartilla ni tiene una cajera amable en una ventanilla para que le pongan al día las cuentas, esa parca pensión o los modestos ahorrillos. Ahora, el banco que no atiende a Manuel por viejo y por pesado está en otras cosas. Cuidando del planeta, por ejemplo. Se ha ido a una playa del norte y han hecho limpieza. Lo anuncian en sus redes sociales como un triunfo de la infantería verde que han conseguido reclutar entre los jóvenes y dinámicos clientes.

También ponen mucho empeño pedagógico en explicarnos qué es la huella de carbono y la Green Economy: cero emisiones netas, reducir el CO2… Santa Greta les ilumina. Emplean muchos recursos audiovisuales para que aprendamos a usar el móvil – qué cosas- para pagar sin dinero. El dinero en efectivo tiende a desaparecer según han decidido los que nos guían por los caminos de la sostenibilidad y las cero emisiones malas. A mí me desaparece en forma de intereses cuando me he quedado en negativo pero no me quejo porque sé que es dinero empleado para salvar el planeta y pagar algunos bonus a fin de mes a los nuevos ejecutivos de la green economy.

Como a Manuel, la cajera me ha reñido porque no puedo hacer un ingreso menor a 1000 euros en ventanilla. Si a mí de chaval me dicen que en el futuro solo podría hacer ingresos en la ventanilla de un banco iguales o superiores a 166.386 pesetas, habría flipado en colores. Pensaría que seríamos todos ricos en ese futuro que ahora es distópico y presente.

Los bancos están salvando el planeta pero no atienden a los clientes. No tienen ni tan siquiera empleados para ello. Los han enviado a la playa coruñesa de Bastiagueiro a limpiar gaviotas y salvar camarones. Los que se han quedado aquí tratan con desprecio a Manuel, que es un viejo.

Los viejos no tienen futuro. No van a disfrutar de ese futuro verde y sostenible que mi banco y otros bancos nos están preparando. Hubo un tiempo en que los bancos y las cajas de ahorros eran las entidades donde la gente depositaba gran parte de su porvenir y una ilusión que se traducía en familias, en hijos y nietos, en padres que abrían cartillas a sus vástagos para seguir guardando cada mes el fruto del esfuerzo y del ahorro.

Pero ya no. En los bancos ecosostenibles no hay padres con cartillas ni abuelos cerca, porque los han echado al cajero automático que no manejan bien ni los jóvenes mientras ellos atienden la emergencia climática.

Hubo un tiempo en que la vida era normal, los bancos medianamente decentes y la gente moría de vieja. Como la reina Isabel II.