La habitación propia de Virginia Woolf


Editorial Alma acaba de publicar este libro señero de Virginia Woolf traducido por Catalina Martínez en una primorosa edición ilustrada por Gala Pont

Una habitación propia nace a partir de unas conferencias de la novelista sobre mujeres y literatura que se han convertido en evangelio. Virginia Woolf quería ofrecer “una semilla en estado puro que pudierais guardar entre las hojas de vuestros cuadernos de notas y conservar siempre en la repisa de la chimenea”. La quintaesencia es que una mujer necesita recursos y una habitación propia para poder dedicarse a la literatura. De aquí, como una sinécdoque, se extraen más reclamaciones y enseñanzas.

La escritora se sienta a la orilla del río rodeada de arbustos dorados y carmesíes que arden como el fuego, junto a los sauces llorones, envuelta en sus pensares, entre las hierbas y los reflejos. Pasa un estudiante en su barca abriendo las aguas, que luego se cierran como si nada hubiera pasado. Un locus amoenus, una pradera paradisíaca, un enclave ideal para reflexionar. Oxbridge, la universidad, la biblioteca, la iglesia, la capilla además de muchas metáforas e imágenes para plasmar sus postulados.

Subrayo esta afirmación: “Es muy probable que, en este caso, la literatura contenga más verdad que la realidad”. Este realismo se transluce, verbigracia, cuando desafía la convención de los novelistas, cuando dice que en lugar de describir las comidas va a describir los alimentos, el vino y el cigarro. Describe el lenguado, las perdices, las salsas, las ensaladas, las patatas, las coles, el pudin. “Entre tanto, las copas de vino se habían teñido de amarillo y de granate, se habían vaciado y vuelto a llenar”.

 

Luego pasa a Londres y se adentra en la habitación y en su escritorio para redactar la conferencia. El Museo Británico, los anaqueles y los libros en un día lúgubre. Repara en las carboneras que siguen abiertas. Bloomsbury. Máquinas. Fábricas. Sigue buscando “el aceite esencial de la verdad”. Se pregunta: “¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan próspero y el otro tan pobre? ¿Qué consecuencias tiene la pobreza sobre la novela? ¿Qué condiciones son necesarias para la creación de obras de arte? Desánimo y desesperación.

Vuelve a casa, entra en su habitación, cierra las cortinas y enciende la lámpara. Lamenta que ninguna mujer isabelina “escribiera una sola palabra de aquella extraordinaria literatura cuando, por lo visto, uno de cada dos hombres eran capaces de escribir canciones o sonetos”. Lo que encuentra en el libro de historia mejor es no decirlo. Se detiene en Cleopatra, lady Macbeth y Rosalinda confesando que “las mujeres han ardido como faros en todas las obras de todos los poetas desde el principio de los tiempos”. Confirma: «era impensable tener una habitación propia hasta el comienzo del siglo XIX […] la mujer se veía privada de esos pequeños desahogos de los que disfrutaban incluso Keats Tennyson o Carlyle, pobres todos ellos”.

Se adentra en los poemas de lady Winchelsea, en las cartas de Dorothy Osborne o en la escritora Aphra Behn con quien “doblamos un importante recodo del camino. Dejamos atrás, encerradas en sus jardines, entres sus cuartillas, a esas grandes damas solitarias que escribieron sin público ni crítica, para su propio deleite. Llegamos a la ciudad y nos codeamos en la calle con personas corrientes”. Aphra Behn, “una mujer de clase media, dotada de virtudes plebeyas como el humor, la vitalidad y la valentía […] forzada […] a ganarse la vida con su ingenio”.

Importante: “Tuvo que trabajar en igualdad de condiciones con los hombres”. Allana el camino. Qué bueno esto: “No me deis dinero, puedo ganarlo con mi pluma”. Realza el valor de Jane Austen, las hermanas Brontë o George Eliot. Se interesa por el futuro de la novela y “por las condiciones físicas, en lo que atañe a las mujeres”.

El capítulo quinto elogia que sus contemporáneas escriban sobre arqueología (Jane Harrison), estética (Vernon Lee) o viajes (Gertrude Bell), más allá de las novelas. “Hay toda clase de libros, de temática diversa, que una mujer de la generación anterior jamás podría haber tocado. Hay poemas, obras de teatro y crítica; hay historias y biografías, libros de viaje y trabajos eruditos y de investigación; hay incluso algunos libros de filosofía, de ciencia y de economía”.  Condensa así su conclusión: “Quizá las mujeres estén empezando a utilizar la literatura como arte, no como medio de expresión”.

No se equivoca cuando, hace un siglo, escribía: “Démosle otros cien años […], démosle una habitación propia y quinientas libras al año; permitámosla expresarse con libertad y dejar fuera la mitad de lo que ahora incluye, y algún día escribirá un libro mejor”. Esta idea es reiterada más adelante como conclusión del trabajo.

Retrata la mañana del 26 de octubre de 1928, una escena londinense común: un recadero, una mujer con un perro, uno con aire profesional, paseantes sin rumbo, otros en sus carros, un distinguido caballero, una señora con un abrigo de piel. Una hoja cae. Una muchacha con botas de cuero y un joven con abrigo granate. Cogen un taxi: “lo extraño era […] que una imagen tan cotidiana como la de dos personas subiendo a un taxi tuviera la capacidad de transmitir algo de su aparente satisfacción”.

Virginia Woolf quiere animar a las mujeres “a afrontar la tarea de la vida”. Recuerda que en aquel tiempo había en su país “dos universidades femeninas desde el año 1866; que a partir de 1880 la ley reconoció a las mujeres casadas la propiedad de sus bienes; y que en 1919 […] se otorgó a la mujer el derecho a votar”. Enfatiza: “Permitidme también recordaros que podéis acceder a la mayoría de las profesiones desde hace casi diez años”. Concluye aludiendo a “esa oportunidad”: “Pero sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que ese esfuerzo, aun en la pobreza y en el anonimato, bien merece la pena”.

Editorial Alma cuida y mima sus libros. Estamos ante seis capítulos diseñados con una letra bien legible insertada en una caja de texto con buenos márgenes, traducido por Catalina Martínez Muñoz e ilustrado por Gala Pont mediante una decena de dibujos. La traductora también presenta en español los versos del original con un criterio métrico encomiable (Tennyson, Christina Rossetti). El color con el que está impreso el libro reluce discretamente al inicio de cada capítulo en azul, en las estampas así como en las guardas que están ilustradas con hojas y elegantes flores de un suave color rojo. Unas agradables 130 páginas que están cosidas y encuadernadas con pasta dura plastificada en mate.