
Esta foto, que me facilitó Teodoro Pérez de Pedro, está tomada en el patio de la antigua Plaza de los Tejares, muy cerca de la vivienda de Llamas, el sempiterno conserje que refugiaba su vivienda debajo de aquella frondosa parra. En ella se ve posando a la “cuadrilla” de la Universidad Laboral de Córdoba que actuaba en un festejo taurino organizado por la Facultad de Veterinaria en marzo de 1958.
Uno de los que salen en la foto se anunciaba en el cartel como “El Niño de Salamanca”, nuestro compañero Antonio Sánchez. Es el más joven y bajito del grupo, con un típico sombrero cordobés en la mano. Profesionalmente hizo peritaje y se ganó la vida como un buen topógrafo. Pero aquí está vestido de lo que fue la gran afición de su vida, “el toro”, no en balde era salmantino. El Padre Fraile, que también aparece en la foto, lo eligió en un “casting” de toreo “de salón” organizado para seleccionar al novillero que representara a la Universidad Laboral en dicho festival.
Este compañero, simpático y alegre, trabó también gran amistad con el Padre José María Guervos OP. Recordaba con afecto cómo en aquellos tiempos acudió varias veces en compañía de dicho Padre a merendar nada menos que al domicilio del alcalde don Antonio Cruz Conde, en la calle Torres Cabrera. Guervos era un hombre culto muy relacionado con el teatro y el mundo de la escena, y parece ser que colaboró, de alguna forma, en la confección de aquellos “Festivales de España” que por aquellas fechas llegaron a traer a Córdoba al gran bailarín Antonio y a María Rosa, que actuaron en el Alcázar de los Reyes Cristianos.
En el centro de la foto está, como hemos indicado, el Padre Fray Miguel Fraile, primer Rector de la Universidad Laboral. Toda una autoridad en la Orden de Predicadores, por su excelsa preparación y sincero sentido social, fue designado para llevar a buen puerto ese ilusionante proyecto que suponía entonces la incipiente Universidad Laboral de Córdoba. A pesar de todo, ya por aquellos tiempos había una serie de políticos dentro del “régimen (Ruiz Jiménez y compañía), que se enfrentaron frontalmente en el seno del propio gobierno a la idea “izquierdista” de las Universidades Laborales, concebidas por el ministro falangista Girón. Para estos opositores era poco menos que una locura pretender que desde la formación profesional se pudiera acceder (para quien demostrara cualidades) a cualquier carrera o especialidad de rango universitario superior. La propia Universidad “clásica” estuvo totalmente en contra de este proyecto “de oportunidad” para los hijos de los trabajadores y llegaron a protagonizar hasta manifestaciones en contra por las calles de Madrid.
Como consecuencia de todos estos enfrentamientos soterrados a las Universidades Laborales se les fueron quitando recursos y descafeinando su idea original. Quizás decepcionado por estos tejemanejes políticos, el Padre Fraile dimitió y se retiró a un convento de cartujos. Para sustituirlo vino como nuevo Rector el Padre Cándido Aníz Iriarte, que se adaptó a la nueva situación.
Siguiendo con la fotografía diremos que el primero empezando por la izquierda es Sánchez Saco, y luego está el compañero Antonio Arjona Vázquez, buena persona y mejor compañero. Aunque lo suyo era el fútbol (jugaba en el “Imperial”, equipo del Frente de Juventudes) no tuvo inconveniente en ser peón de confianza del “Niño de Salamanca”. Era hijo del barbero de la Universidad, Señor Arjona, que aparece en la foto en el lado derecho, con una pose insuperable de apoderado taurino. Nada más salir de la Laboral Antonio se “colocó” en la empresa Cenemesa (junto con su compañero de pupitre José Vázquez Martín), donde progresó profesionalmente hasta su jubilación. Después de la Transición se dedicó de lleno al mundo sindical, en donde llegó a ser Secretario General de la UGT en Córdoba. También tuvo alguna intervención en la extinta Hermandad de ex alumnos de la Universidad Laboral, que se fundó el 21 de febrero de 1962 y donde coincidiría con un antiguo alumno de la Universidad de Tarragona llamado Juan Manuel Serrat.
El segundo por la derecha, al lado de Arjona padre, es Pérez Gant, del Colegio Gran Capitán, aula XXIX. Un tanto tímido e introvertido, trabajó también en Cenemesa y fue de los pioneros en Córdoba, bajo la dirección de Andrés Galán Castilla, en el manejo de máquinas NCR para la perforación e introducción de datos en aquellos primitivos “ordenadores”. Alternó en este trabajo con Molina Cañizares, Manolo Seoane, Saénz Martínez, Ordóñez Toscano, Joaquín Pintor, etc. etc. constituyendo el embrión de lo que fue el Departamento de Sistemas de Fabrica en Córdoba. A este grupo de compañeros se debe toda la labor pionera, llena de dificultades y probaturas. Más tarde fueron llegando a este departamento los “recomendados”, que explotaron el éxito, recibiendo todos los elogios por un trabajo que iba obteniendo grandes resultados. Como es natural, se adjudicaron la autoría de todo el “invento”, dejando poco menos que en el olvido a estos primitivos impulsores. Así se escribió la historia.
Para el último lugar dejo al amigo Teodoro Pérez de Pedro, a la derecha del Padre Fraile. Lo llamábamos “Viana” por haber nacido en el pueblo de Viana de Sega (Segovia). Aún no sé de dónde sacaba tiempo para tanta actividad deportiva y cultural. Lo mismo estaba actuando en el teatro, corriendo campo a través, bailando danza vasca, jugando a balonmano, en los toros, o jugando al fútbol. Y luego, que conste, era uno de los más aplicados y responsables en sus obligaciones de estudio. Hablaría personalmente con él muy pocas veces, pues no coincidimos en la misma especialidad, pero como me gustaba mucho el fútbol le seguía en sus evoluciones como futbolista. Su estilo -control y remate- recordaba mucho al del entrañable Enrique Castro “Quini”. Todavía recuerdo el partido de primeros de abril del año 1959 en el campo que había detrás de los talleres pequeños. En ese partido la Universidad Laboral jugó contra el equipo del “Amparo” de Córdoba, en el que jugaba de portero un tal Enrique Hinojosa Catalán “El Fuma”, de la calle el Viento, que se las vio “canutas” para parar el aluvión de balones que se le vino encima. El amigo Teodoro Pérez “Viana” marcó dos goles y ganó el equipo local por 4 a 1. Lo peor fue que se lesionó el portero de la Universidad Laboral, Eulogio López Álvarez (de Cacabelos, León), con un fuerte golpe en el riñón.
Al fondo de la fotografía aparece una placa de homenaje a “Manolete” y la fecha de su muerte, ocurrida en Linares en 1947, hace justo ahora 75 años. Como todos saben, el toro que mató al torero se llamaba “Islero”, y era de la ganadería de Miura… y en el cercano Bar Colón colgaba una gran foto de este toro.
La plaza de Colón, donde se ubicaba el bar que tomaba su nombre, era uno de los lugares de Córdoba más emblemáticos por sus jardines, por su amplitud, por sus bares, por su sabor taurino, por sus niñas, por sus criadas, por todo. Era además el recorrido final de los autobuses de la Universidad Laboral. Hoy dicha plaza se encuentra muy cambiada: han desaparecido bares emblemáticos como Casa Paco Cerezo, Bar Rinvi, Bar Roma, Bar Los Ángeles, Bar Paco Acedo, El Bodegón de Diéguez y el citado Bar Colón, además de las Bodegas López Sánchez. Solamente sobrevive el Bar Puerto Rico, en el edificio que se levantó al desaparecer la casa de “Machaquito” (anteriormente de la madre de José Flores “Camará”, apoderado de “Manolete”) y la ferretería de Almacenes Roses.
Por la Torre Malmuerta estaba la fábrica de caramelos “Kibi”, los chocolates “Gran Capitán” y la herrería de Mariano “El Cojo”. Por allí andaba también la Magistratura del Trabajo junto a la carpintería de Pericet. En la misma acera del Bar Colón estaba Victoriano Villar, importante fabrica de cristales en la que trabajó de empleado el famoso Guillermo, mozo de estoques de “Manolete”. También se localizaban en la plaza de Colón las oficinas del raquítico Servicio de Aguas Potables que daba servicio a Córdoba. Precisamente a finales de los cincuenta estuvo todo el perímetro de los jardines rodeado de tuberías apiladas para la gran modernización que se llevó a cabo con las nuevas y modélicas instalaciones de Villa Azul.
En esa plaza de Colón discurrió buena parte de la juventud de “Manolete” pues, aunque vivió en la plaza de la Lagunilla, sus amigos y zona de juegos estaban entre la plazuela del Moreno y el barrio del Matadero. Solía juntarse con sus primos “Cantimplas”, “Niño Dios” y “Palitos”, y con sus amigos “Toto”, “Fernandi”, “Luichi”, Camará, “Chiquilín” y los hermanos Antonio y Rafael Fernández. Todos ellos chavales que tenían “perdida la cabeza” por el mundo taurino, por lo que en los bajos del Viaducto del Pretorio jugaban con un carro-toro con cabeza de mimbre. Y lo anecdótico del caso, según me contó Antonio Fernández, es que en esos juegos el que portaba casi siempre el carro era “Manolete”, al que incluso hacían que lo llevara a guardar a la carpintería de Pericet. Todos sus amigos “abusaban” de él por prudente y buena persona.
En cuanto al Bar Colón en sí, por dentro era amplio, acogedor y con buen servicio, todo ello bajo la sabia coordinación de su dueño, Luis Moreno Posada. Tenía un extenso mostrador situado en la parte derecha del local. En el centro disponía de un salón bastante amplio, con cómodos veladores en torno a unas ordenadas mesas. Al fondo los servicios, y en el lado izquierdo disponía de tres estancias o cuartos reservados con puertas independientes. La primera, según se entraba a la izquierda, estaba dedicada al torero “Manolete”. De sus paredes colgaban multitud de cuadros con motivos taurinos. Como camareros trabajaban dos empleados, Antonio, que tenía gafas, y “Rafalín”, más bajito y sobrino del dueño. Algunas veces también estaba como camarero “El Patillas”, Navarro de apellido, que era también barbero en la Universidad Laboral.
Me contó mi amigo Miguel Escudero Melero que a últimos del mes de abril de 1943, terminada la feria de Sevilla, vino a Córdoba el empresario taurino Pagés, reuniéndose con “Manolete” y su apoderado en el citado reservado. Allí trató el empresario sevillano de asegurar el contrato del torero cordobés para la feria de abril del año 1944. En la temporada anterior, que acababa de terminar, no había podido contar con la presencia del “Califa” cordobés.
Según parece se reunieron en este bar por exigencia de “Manolete”, huyendo de los periodistas que les esperaban en la puerta del Hotel Regina, lugar habitual donde se hospedaba el empresario sevillano cada vez que venía a Córdoba. Paco Cerezo, amigo personal del torero, se molestó porque la reunión no se celebrara en su bar.

En ese cuarto dedicado a “Manolete”, convertido en una especie de santuario tras su muerte, se exponían una serie de copias enmarcadas del intercambio epistolar entre el torero de Córdoba y nada menos que Sir Winston Leonard Spencer Churchill. Su origen, según el autor Fernando González Viñas, provenía de una corrida de toros celebrada el 23 de julio de 1944 en Valencia con toros de José María Escobar. Uno de los toros que lidió tenía una mancha en la frente con forma de “V”, el signo de la victoria que tanto había prodigado el político ingles. “Manolete” le envió como presente la cabeza disecada de ese toro.
Por esas fechas el medio de vino que hoy está, con suerte, a 1,20 euros (200 pesetas), costaba 40 céntimos de peseta. Bien es verdad que un peón de la construcción cobraba 200 pesetas a la semana. Pero aparte del insustituible vino, el Bar Colón era de los pocos que ponía “tapas” en Córdoba, ya que no era costumbre por aquí lo de “comer con el vino”. Destacaban los calamares, el bacalao frito, las mollejas, los muslos de conejo, la ensaladilla, los callos y la carne al Jerez. En cuanto a los callos tenía una disputa permanente con la taberna de Paco Cerezo, ya que la mujer de éste los ponía con una calidad insuperable. El Bar Colón era innovador para aquellos tiempos, pues incluso ponía terraza de verano con toldos de protección.
Desde un punto de vista sentimental, todos los compañeros de aquella época de la Universidad Laboral deben recordar con un cariño especial este bar. Allí era frecuente ver a alumnos, profesores y empleados esperando a los autobuses, o subiendo y bajando de los mismos. Aunque los conducían grandes profesionales, todos teníamos nuestras preferencias: la mayoría opinábamos que el Señor Abilio era el más rápido. Con el tiempo el Señor Molina, que también tenía sus seguidores, le fue comiendo el terreno. En general se asumía que Felipe, Latorre, y a última hora “Serranito”, eran los más tranquilos “dando gas”.
El Bar Colón desapareció en 1967 al ser comprado por Noriega S.A. una importante inmobiliaria de Córdoba que tras la crisis de 2008 se esfumó como tantas y tantas grandes empresas de Córdoba. En el solar del bar se levantaron entonces unos lujosos bloques de pisos y las propias oficinas de la inmobiliaria. Hoy sólo queda el recuerdo.
Desgraciadamente, tampoco queda ya nadie de ese grupo de amigos de correrías de “Manolete”. Antonio Fernández, el último que aún vivía, murió hace unos ocho años. Me comentaba un día que lo visité en la Residencia de Jesús Nazareno su pesar por el trato que le dieron, en vida e incluso tras su muerte: “A quien haya tratado como nosotros a Manolete le da mucha pena comprobar cómo una persona tan buena, tan honesta y tan noble ha sido atacada. Tras la guerra, hasta divulgaron por los pueblos que practicaba la suerte de matar con el estoque a los presos comunistas. Dicha monstruosidad solamente se le puede ocurrir a gente que vive inmersa en el resentimiento”. Se quejaba también de que las autoridades de la ciudad (era entonces alcaldesa Rosa Aguilar) no salieran en su defensa cuando un canal de televisión (que paga habitualmente a una serie de resentidos y fracasados para que “opinen” con morbo y “mala leche”) soltó en uno de sus programas mendaces mentiras sobre su persona.
No tenían en cuenta su talla humana y bonhomía, por encima de rencillas políticas. Como su entrevista, a petición propia, con el político e intelectual republicano Antonio Jaén Morente, que se había exiliado a Méjico tras la guerra civil. Nada más llegar a tierras mejicanas para torear fue a visitarle al Centro Andaluz. De resultas de esta reunión, donde Morente no paró de recordar a su añorada “patria chica”, éste calificó en sus comentarios al torero “como un joven cordobés de altos valores morales”. O con Indalecio Prieto, con el que “Manolete”, según las memorias del político socialista, quedó en verse en un restaurante de la ciudad mejicana junto a un grupo de republicanos también exiliados. Don Indalecio iba casi todos los días por allí y, al haber sido un alto dignatario de la República, tenían como atención hacia él poner una banderita republicana presidiendo su mesa. Para que el torero no se encontrase incómodo ordenó al restaurante que retiraran dicha banderita (esta anécdota se confundiría y daría lugar a la de la bandera en la plaza Monumental de Méjico). Según Prieto, en dicha reunión hablaron profusamente de España, y reconoció públicamente la grata sorpresa e impresión que le causó el joven torero cordobés.







