
Había que verlo andar por el pasillo de Alcaldía, casi siempre con papeles en la mano, para comprender que aquel señor alto de modales impecables era alguien importante. Y lo era. Ignacio Muñoz de la Espada, fallecido esta semana, fue secretario general del Ayuntamiento entre 1979 y 1995, los tres lustros más interesantes del municipalismo en España, y dejó tras de sí una huella que aún recuerdan los más veteranos en el caserón de Capitulares.
Tuvo su despacho en la parte noble del Ayuntamiento, antes de que los grupos políticos la colonizaran hasta su colmatación. Junto a su despacho estaba la denominada Unidad de Actas, aún analógica, donde la veterana Isabel Reina y la jovencísima Paqui Diéguez formaban parte de un equipo tremendamente eficaz cuyo cometido era medular en el buen funcionamiento del Consistorio.
Ignacio Muñoz de la España llegó al Ayuntamiento cuando éste se repartía entre la calle Pedro López y el Gran Capitán, además de la Posada del Potro. Después de estrenarse en Bujalance y de recorrer varias localidades andaluzas, aterrizó en Córdoba unos meses antes de las primeras elecciones municipales democráticas y lo hizo como oficial mayor con funciones de secretario general.
En aquella época, el secretario general no estaba sentado en la presidencia del salón, como ahora, sino frente a la misma. De él sólo se veía una espalda corpulenta, impasible, que no se mostraba nerviosa por mucho que se encrespara la sesión.
Frente a este aspecto oficial y público, Muñoz de la Espada era una pieza fundamental para que el engranaje del primer Ayuntamiento democrático funcionase a la perfección. El alcalde Julio Anguita sabía que siempre estaba disponible al otro lado del teléfono, fuera la hora que fuese, para aconsejar de forma certera en un camino que todos recorrían por primera vez y en el que nadie quería patinar.
Esta labor didáctica la ejercía incluso con la prensa, a la que reconocía su misión, y la recibía en su despacho con respeto y afabilidad. Nunca escatimó dedicar unos minutos de su tiempo para explicar lo que fuese porque sabía que aunque no hubiese ley que lo recogiese eso también formaba parte de su labor.
Su sola presencia imprimía un halo de solemnidad a los actos a los que acudía en razón de su cargo. Esto no significa que su carácter fuese igual de estirado, qué va. Este manchego de nacimiento, andaluz de vocación y cordobés de elección se venía arriba cuando alguien le hurgaba en sus dos pasiones: el Real Betis y Curro Romero. “¿Pero tú cuándo disfrutas, Ignacio?”, le solía decir socarrón el alcalde Herminio Trigo.
En 1995 se jubiló como secretario general del Ayuntamiento. En vez de andar solemne por el pasillo de Alcaldía pasó a hacerlo por la calle Manuel de Sandoval, ya sin papeles en la mano. Han pasado casi 30 años de su marcha de Capitulares, pero aún quedan quienes le recuerdan, con todo afecto y respeto, como don Ignacio. Descanse en paz.







