
En la política, como en la tauromaquia, hay faenas que deshonran a su ejecutor. Sólo se admiten, y muy a duras penas, cuando no queda otro remedio y hay que salvar una situación mucho peor. Si se se pierde la excepcionalidad y se convierten en rutina, lo mejor es que su autor comience cuanto antes a buscarse otro futuro en la web de Infojobs.
El diestro que abusa del bajonazo, de la espantada, de los pases aliviados y de mil artimañas más que maquillan lo que se le supone a un torero, verá de inmediato cómo en el mejor de los casos su nombre solo se anuncia en plazas de tercera y al poco tiempo pasa al olvido, porque al Cossío no va a pasar, desde luego.
En la política, en cambio, había faenas tan deshonrosas que orillaban automáticamente a su autor. Dejaba el cargo con más o menos discreción y en las próximas elecciones nadie echaba en falta su nombre de las listas. Otro a buscar en Infojobs.
Ahora, en cambio, la nueva política ha agrandando las tragaderas de los políticos y convierten en normalidad lo que hasta hace poco no era más que la antesala del fin de su carrera. Las faenas deshonrosas se suceden como si fueran normales y, encima, siguen mirando al tendido para ver si arrancan un aplauso del respetable.
Los ejemplos crecen por docenas en estas fechas y quien se lleva la palma es la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, quien si fuese torera a estas alturas no le tocaba un pasodoble ni la banda del Empastre. Su rostro es ahora el vivo reflejo de en lo que se ha convertido la política actual a determinadas alturas. Una pena, vamos.
Ribera era quien hace dos semanas se ponía en jarras y muy envalentonada le decía a Bruselas con cierto tono altanero que “no podemos asumir un sacrificio sobre el que no nos han pedido opinión”. “Pedir opinión”, dice.
La ministra descartaba para España la adopción de cualquier medida restrictiva en el consumo energético, lo cual podía tener su lógica, pero antes de que el titular desapareciera de las webs de los medios de comunicación la señora ya había cambiado de opinión y ahora defendía todo lo contrario con un decreto sobre ahorro energético que se iba a aprobar a la voz de ya. Recular se llama esto.
Creyendo que nos habíamos olvidado de cuando se puso gallita con Bruselas hace 15 días comenzó a desgranar las medidas de este decreto que, una vez más, no tenía ni pies ni cabeza. Cuando alguien le afloraba alguna de las múltiples contradicciones que contiene ella agriaba aún más el gesto y sacaba a relucir el régimen sancionador, que es donde se sienten cómodos los del Gobierno de Pedro Sánchez.
Cuando el ridículo ha alcanzado dimensiones que ni ellos mismos eran capaces de imaginar, cuando se ha demostrado que el Real Decreto no soporta la más mínima coherencia, cuando los olvidos y errores copan casi por completo esta normativa Ribera ha vuelto a recular otra vez para perder el mínimo crédito que le quedaba y afirmar que, bueno, que es algo orientativo, que hay que aplicarlo con flexibilidad, que si dije 27 grados y ahora son 25 pues no pasa nada. Esto es seriedad, señores.
Es sólo un ejemplo que por reciente es el más significativo. Una faena tan caótica no permitiría a un diestro volver a hacer el paseíllo, pero Teresa Ribera vuelve, contumaz como ella sola, a ponerse en evidencia las veces que haga falta. Así, lo único que demuestra es el poco respeto que se tiene a sí misma.







