Los pasamontañas del SAS


La consulta es el club donde los mismos van a las mismas horas a verse, a contarse cómo les va la vida, a hablar de los demás

SAS Centro de salud Levante Norte.
Centro de salud Levante Norte. /Foto: LVC

La noticia es buena porque todo lo que supone más inversiones en materia de salud es siempre bienvenido. Esta semana se conocía la inversión del SAS de 300.000 euros en los centros de salud de Distrito Córdoba y Guadalquivir, que no es poco.

Esta cantidad se va a destinar a la realización de pequeñas obras, que siempre son necesarias y a veces solucionan mucho más de lo que uno se imagina, y a la adquisición de material para la mejora de la atención al paciente. Hasta ahí todo bien y, además, plausible.

Cuando se entra en la letra pequeña es cuando uno se lleva la sorpresa, porque es donde se encierra aquello que es lo verdaderamente noticiable. Lo más llamativo es lo de la implantación de un sistema para “garantizar su intimidad y confidencialidad, evitando así que el personal llame a los pacientes por su nombre y apellidos”, como ha explicado la delegada de Salud, María Jesús Botella. Así, sobre el papel, parece una cosa buena, pero por poco que se rasque se encuentra uno capítulos enteros de la obra de George Orwell.

Esto es una prefiguración de una sociedad despersonalizada. ¿Cómo lo harán? ¿Cada paciente tendrá un nombre en clave como si el centro de salud fuera el decorado de una película de espías de serie B? Los usuarios esporádicos de estas salas de espera del SAS, aparte del malestar que nos empuja a ir al médico, ya nos sentimos como invitados en una fiesta que no es la nuestra, donde todo el mundo se conoce y donde nos miran como el intruso que se ha colado con la intención de beberse la ginebra que a ellos, por derecho natural, les corresponde.

Cuando Televisión Española inició la programación matinal -sí, hubo un tiempo en que los televisores no se podían encender por las mañana porque no había nada- Jesús Hermida arrancó con un programa potente que revolucionó la vida de los españoles. Un periódico de la época abordó este fenómeno con un espléndido reportaje sobre cómo de forma automática se habían vaciado las salas de espera de la sanidad pública. Entre el médico y Hermida, la gente prefería a Hermida, por supuesto.

La conclusión que se sacó es que ir al médico no es en muchos casos, como se supone, una necesidad, sino un acto social. La consulta es el club donde los mismos van a las mismas horas a verse, a contarse cómo les va la vida, a hablar de los demás. Recuerden el viejo chiste de aquellos que echan en falta a una persona habitual en la sala de espera. “Estará enferma”, dijeron.

Donde todo el mundo se conoce es muy difícil guardar el anonimato, máxime cuando estás sentado codo con codo y hay personas que están como locas por contar lo que les pasa y lo mucho que les duele.

El SAS tendría que explicar cómo se va a guardar esta confidencialidad. Si te dan una clave para no decir tu nombre y apellido, pero luego los vecinos del barrio que están en la sala de espera te ven entrar en la consulta de Urología no hay quien les quite luego de la cabeza que entre el abanico de posibilidades está el que padezcas una disfunción eréctil, por ejemplo.

Lo del nombre en clave puede estar bien, pero hay que complementarlo con otras medidas para que la sociedad bienpensante no se soliviante ni los inquisidores de lo políticamente correcto te monten una causa general por violar no sé qué confidencialidad.

La solución pudiera estar en que cada uno pusiéramos algo de nuestra parte y que cada vez que vayamos a la consulta de SAS lo hagamos pertrechados con nuestra correspondiente gabardina y un pasamontañas. Anonimato absoluto. Intimidad plena. Confidencialidad a prueba de bombas.