No me gusta el puente de noviembre, lo reconozco. No es ninguna fiesta para mí y sí el recuerdo punzante de lo que no puede regresar, al menos, en esta vida. Por mi cabeza deambulan los veranos naranjas, las sonrisas francas -como la tierra-, los pensamientos incólumes, la vida extendida como los brazos al inabarcable infinito.
Aquellas sonrisas, francas como la tierra que los vio nacer, hizo de aquellos lugares mi patria final. No lo sabía, pero ya lo era. La patria que va más allá del olor a tierra mojada de la infancia (que dijo Javier Tafur hace tanto); más allá de una geografía convencional y cartografiada, porque era emocional. Era tibia como las sábanas de franela y cómoda como el colchón en que dejábamos caer nuestro cariño puro. El mismo que ahora me regala el tiempo en un presente con fecha de caducidad. Era intensa, como aquella sensación de felicidad en el pecho; como la mirada inquieta al horizonte indescifrable del porvenir. Era sencilla como el pan con aceite y azúcar, como la primera bolsa de pipas que cayó en mis manos. Gastada como aquella baraja de naipes con la que ella me enseñó a jugar a la brisca.
Todo aquello pasó y sus lápidas no recuerdan -como tantas otras- sino el nombre de quienes fueron importantes para otros. Parece poco, pero es mucho por esa singularidad del amor. Bajo la tierra, sobre ella mientras dure, espero al momento en que volvamos a vernos y, sencillamente, nos fundamos en ese abrazo que espero que dure la vida eterna. Como pidió uno de mis abuelos no les llevo flores, porque la frialdad del mármol, el viejo retrato no los recuerda más que alma que los lleva siempre con ella, como el mayor de los tesoros.







