Ser diferente: el rarito y el matón


Todos tenemos que ser aparentemente felices, joviales, extrovertidos, empáticos, esbeltos, divertidos, comer chía y quinoa

rarito
Joven en la playa.
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Joven en la playa.

Nadie nos acepta, me dijeron una vez. Hace mucho de aquello, pero hay cosas que, cuando caen dentro de la mochila, lo hacen para quedarse. Por ponernos en contexto, hay pocas realidades tan ciertas como que la sociedad, en todos sus estamentos, no acepta la diferencia. 

Todos tenemos que ser aparentemente felices, joviales, extrovertidos, empáticos, esbeltos, divertidos, comer chía y quinoa, evitar el tabaco, emborracharnos cuando toca, consumir en los restaurantes, disfrutar en los sitios de moda, ir al gym, usar pitillos y camisetas entalladas… Y así hasta completar el largo etcétera de lo que a la sociedad filantrópica le interesa.

Ahora, cuando eres pequeño, en algunos colegios exigen que el alumno se relacione como se espera en el recreo y, ante el más mínimo resquicio se le etiqueta con algún tipo de trastorno, cuando en general lo que está trastornado es el mundo en sí.

Ser diferente es un deporte de riesgo en muchos sentidos. Por ejemplo, si alzas la voz contra lo establecido (sea en el terreno que sea), la turba salta enfurecida, sin piedad te pueden acribillar en redes sociales o en cualquier otro tipo de foro. Si no te relacionas demasiado con el resto de la especie, te miran raro y el vacío puede llegar a resultar ensordecedor. Si te da por leer y pensar por ti mismo, te ven como a un tipo peligroso del que desconfiar. Y, si eres adolescente (esto ha pasado siempre) detrás del rarito habrá un matón, que te recordará que eres rarito y te hará la vida imposible durante unos años.

La suerte y el entorno dictarán tu camino que puede ser feliz o trágico a partes iguales. El problema está en la base de lo que se entiende por bueno en un colectivo que viene herido de base y habla de diversidad cuando es incapaz de comprender a quien se rige por otros parámetros. Los que sufrimos en su momento al matón lo sabemos, como también lo que dijo mi amigo, nadie nos entiende, ni nos entenderá, como muchas veces lo hacemos nosotros mismos, dentro de esa contradicción descontextualizada por el mundo.