
“Tengo un trato, lo mío pa´ mi saco”, cantó La Mala Rodríguez hace ya mucho, pero la máxima sigue siendo muy aplicable. Y es que han pasado dos semanas, que se han hecho casi eternas y, antes de eso, un mes entero: precampaña, primero, y campaña, después.
Términos que recuerdan a eso de la precuaresma que practican los cofrades casi dos meses antes de que la Cuaresma arranque y que, como en la política, a las personas medio normales -no tienen que serlo por completo- les provoca una mezcla de ansiedad y hastío difícil de conjugar en la garganta, porque se hace bola.
Pero volviendo a la letra de La Mala, la misma es contundente y se podría aplicar a ese postureo que practican nuestros responsables políticos de manera escrupulosa, exacta, perfecta en la forma para que no se vea el fondo. Desde la sonrisa hasta la foto, cada líder cuida su nicho de mercado con precisión.
Tal es así que Juanma es el presidente, desde la corbata de los debates hasta la foto con esas señoras que lo abrazan y le arengan para que gane por el bien de Andalucía. El asunto presidencialista no va con Espadas (que sabe que le pintan bastos, como le dijo Antonio Burgos en su momento) y puede que sea por eso por lo que su chaqueta recuerda más al tema rural y es que en el campo tiene que buscar los votos o, mejor dicho, no perderlos en favor, sobre todo, de Vox.
Marín va más playero, con los botones de la camisa abiertos en más de una ocasión, como diciendo, “aquí está el tío, pa’ remontar lo que haga falta”. Su posición es, seguramente, la más complicada. Es aun vicepresidente y se enfrenta a una probable debacle, pero ni eso ha sido óbice para que en los debates haya defendido las políticas del actual Gobierno de la Junta, mejor que su presidente y amigo, según dice.
Nieto, que aterrizó de la nada para representar a la coalición de extrema izquierda, va de niña de colegio concertado. Por más que aluda al feminismo y a todos esos axiomas caducos y actualizados con el maquillaje del ecologismo y la ideología de género, su tono de voz es de niña bien, su parsimonia en el uso de la palabra muestra la cadencia narcótica de una buena siesta y va arregladita lo suficiente, para que no usen con ella los clichés que ellos sí usan con los “ultras” de Vox.
Pero las dos musas de la campaña han sido Macarena y Teresa. La primera, con la camisa por dentro (como me obligaba mi madre) y su pelo recogido y relamido recuerda a un cuadro de Romero de Torres. La misma cabellera que ha lanzado al viento en los debates, donde la acusan de agresiva por llamar a algunas cosas por su nombre. La segunda, parece que viene de la playa, con el bambito por traje que, he de decirlo, me recuerda muchos veranos en las costas gaditanas que, de no ser por su discurso -más caduco aun, pero más coherente en lo suyo, que el de Nieto-, me traería hasta la melancolía de la juventud.
El postureo, cada uno en su estilo, ha sido la base, la forma y buena parte del fondo. Divertido y triste, como ver a las fotocopias de sí mismos o de otros que he contemplado durante tantas cuaresmas. Ser indie es lo que tiene.







