

Córdoba es casi la misma que describió Montis y decirlo sé que va a alegrar a mis queridos haters. Es la era digital, que dicen, pero el fondo de todo es el mismo: una ciudad para no vivir en ella y echarla de menos desde la distancia.
Así acaba la primera parte de esta serie, en la que ahora he de reconocer que eso de no elegir donde uno nace, de vez cuando, hiere. Y lo hace porque si de algo vamos sobrados en esta ciudad es de eso precisamente, de ir sobrados cuando los hechos nos contradicen y, en realidad, vamos cortitos con sifón.
Esa autoexpectativa autoimaginada se refleja, sobre todo, en un afán de protagonismo fruto -como casi siempre- de quien intenta escapar de su mediocridad escupiendo para arriba, sin querer apercibirse de que existe una cosa que se llama Ley de la Gravedad, que descubrió un tal Newton hace tanto, que ya nadie se acuerda.
Ese afán se ve en muchos políticos locales que, defiendan las siglas que defiendan, tienen mucho del actual presidente del Gobierno, con un postureo que tiene mucho de fanfarronería, bravuconada y que deja entrever, hasta al menos ávido, que al rascar hay poca sustancia. Eso se refleja, como no puede ser de otra manera, en el parón histórico que lleva a cuestas la ciudad y que llegó décadas antes de la pandemia.
Esos políticos son como cofrades y llevan a su grupo de acólitos alrededor. Estos, en lugar de dalmáticas, ciriales e incensarios, llevan americanas y sus móviles y loas exageradas hacen las veces de lisonja aromática.
Luego están los cofrades, que se cuentan a miles, y entre los que hay auténticos paradigmas del afán de protagonismo. De hecho, hay capataces que arrancarían cabezas -literal- por un martillo o por quitársela a quienes osan criticarlos. La mía, por ejemplo, ha sido puesta en busca y captura varias veces en menos de una década. Debe ser que, como es bastante grande, será como un trofeo de caza mayor.
En el afán de protagonismo no cabe la crítica, venga de donde venga ni con la intención que se haga. Esto no es Derecho Penal y no hay ni eximentes ni atenuantes, si criticas, palmas. De manera que a cualquier hijo de vecino que piense por sí mismo, los palos le van quitando las ganas de vivir aquí o, peor aun, le entran más ganas de criticar, no porque piense que va a arreglar algo, sino por dar una cura de humildad (tradúzcase en berrinche) a quienes tienen el afán, el protagonismo e ignoran la Ley de la Gravedad.






