“Creí que con la pandemia íbamos a reflexionar y a hacer las cosas con más calma”, me decía un viejo amigo este mismo mes. “Pero no -proseguía-, estamos peor que antes”. Se refería a la cantidad de salidas extraordinarias que, en el último año se han desarrollado y las que restan por venir.
No obstante, esas procesiones desbocadas son solo la punta del iceberg cofrade, ese que en su fondo guarda defectos de base que, a estas alturas del partido, parecen casi imposibles de corregir y la única solución plausible es dejarlos morir de éxito y, cuando todo caiga a su escalón más bajo, empezar a construir de cero.
Por más que la solución se antoje drástica, no es menos cierto que, entre los cofrades, quien más quien menos no deja de asistir -ojiplático- a un baile de vanidades, que no deja sino la certeza de que algo se ha estado haciendo mal desde hace demasiado y que nadie le ha puesto freno. No es cuestión de amargarse y arrasar con todo -o sí-, pero no deja de ser cierto que es necesaria una profunda reflexión, un análisis sincero y cuestionarse, no ya por lo que se debe mejorar, sino por lo que eliminar para siempre. Y, en ese apartado, hay defectos tan graves, que hacen casi obsceno que quien los comete se autodenomine cofrade.
Afán de protagonismo. El primero de los siete defectos del cofrade es el más evidente. Hay quien lo ha dado todo por una vara, por ser solista en una banda, por salir en tal o en cual cuadrilla de costaleros… Y mejor no hablar del que muere por un martillo, que, a la postre, no muere, pero mataría en sentido figurado -queremos pensar- por ser el dueño de un llamador concreto o de cualquiera en general. Es una lacra que hace difícil creer en aquel principio filosófico de que el hombre (el género humano, entiéndase), en un estado natural anterior era bueno por eso, por naturaleza.
Los que lo saben todo. Va relacionado con lo anterior, pero este es un nivel superior. Hay cofrades que presumen de ser la wikipedia y lo hacen con la falsa modestia de quien ha estudiado a conciencia. Lo que per se no es malo se torna perverso cuando se utiliza para el menosprecio, aunque no deje de ser cierto que una didáctica del conocimiento le hace falta al 95% de los cofrades y al 90% de la sociedad, siendo generosos en ambas estimaciones. Cuando unos pocos saben mucho y la mayoría son zoquetes autocomplacientes, el equilibrio es imposible.
Salir a la calle porque sí. Un antiguo anuncio preconizaba un eslogan maravilloso, “porque yo lo valgo”. Esto los cofrades lo han llevado al extremos de las procesiones. Si mi hermandad es preciosa, por qué privar a la gente de verla en la calle más de una vez al año. La respuesta se traduce en un casi infinito de salidas extraordinarias en las que, algunas, son llevadas a cabo con los argumentos más pueriles. Luego, con decir que las calles se han llenado está no solo justificado, sino que se ve esa especie de sobredosis como algo necesario. Y ahí es donde precisamente está la raíz en la que es muy fácil morir de éxito.
Macetilla. El chisme puede al cofrade (a mí el primero), cuando se utiliza por norma y para hacer daño parece poco compatible con aquello de ser buen cristiano. Hay quien tiene enciclopedias de nombres propios y presuntas hazañas que, en el mejor de los casos, algo de lejos tienen que ver con sus protagonistas. Lo mejor de saber esto es que en el caso de que me pase algo en mi vida personal, tengo la certeza de que va a ser comentada y exagerada hasta el imposible, como en una película de ciencia ficción.
Falta de caridad. De la mano de lo anterior va esto y cuando se sabe algo de alguien y hay un interés común, el cofrade no dudará en utilizarlo para el aprovechamiento propio. Todo un ejemplo de educación en valores.
Autocrítica. Casi todo hijo de vecino ha presumido alguna vez en su vida de haberlo hecho, pero la realizad es tozuda y dice que cuando criticas a alguien, se te va a revolver como una bicha. Dirá que es personal, que tienes un problema con él y te estás vengando, que atacas a la hermandad y así una retahíla de argumentos, que no vienen sino a demostrar que tienes que estar al dictado de lo políticamente correcto, de lo aceptado. En público te digo que eres el mejor, ya en primado, en la macetilla, me desquito.
Subvencionados. Durante años se lloró la indiferencia de las administraciones y, ahora que llega el cariñito, se pide pasta por todo. Tantos gobiernos socialistas han imbuido al cofrade de que vive en un PER perpetuo y, como parte de la sociedad del PER debe cobrar su parte alícuota. Y así, entre coger tu parte o parte y media, se nos olvida que la proyección cultural o la económica no son sino parte de un folclore sobre cuyos brazos nos hemos dejado caer, para olvidar la parte sustancial, que es la religiosa, aunque viendo todo el panorama es difícil que alguien piense un ratito en ella.








Te tomo la palabra, y al hilo de lo comentado en el último pecado (faltan aún otros siete u ocho más, y yo no levanto la mano…) el chiringuito más gordo creado recientemente es la Unión de Bandas, pidiendo limosna al Ayuntamiento para hacer “x” conciertos y repartir según le salga de los bemoles a su junta directiva. Menuda vergüenza, ¿dónde queda el mérito y el esfuerzo? Todos hemos visto conciertos subvencionados donde van unas bandas bien vestidos y con un repertorio digno, y otras con vaqueros, zapatillas de deporte y tocando a modo de charanga (y todas cobran lo mismo).
Un chiringuito que debería desaparecer, es todo fachada y una falta de respeto al mérito y a la música.