Un emocionante viaje en bus


Los conductores son como el niño del sexto sentido, no ven muertos, pero sí huecos al fondo del bus

Aucorsa bus
Autobús de Aucorsa. /Foto: Jesús Caparrós
Aucorsa
Autobús de Aucorsa. /Foto: Jesús Caparrós

Un trayecto en un autobús urbano de Córdoba pude resultar la metáfora perfecta de la existencia humana. Como estudio sociológico no tiene desperdicio.

Si en el último mes no se han montado en un bus les animo a hacerlo y a disfrutar de la hora punta. Coger sitio, aunque sea en la cabecera, ya es todo un reto, sea a primera hora de la mañana o cuando los escolares salen de clase o van camino de la facultad. A la tercera parada el lleno está garantizado. 

Por contra, el aforo máximo del transporte es una incógnita, porque el conductor de turno siempre ve sitio al fondo. Son como el niño del sexto sentido, no ven muertos, pero sí huecos. Y llega un momento que uno comprende cómo se debe sentir una anchoa en una lata recubierta con aceite de girasol, con la diferencia de que es humanidad lo que hay, el aire acondicionado a tope y las ventanillas abiertas para que se vaya el fresco y el coronavirus.

Eso último es digno de estudio, porque ir con mascarilla por imperativo legal (como aquellos que juran su cargo) para que luego te hacinen es, cómo poco, contraproducente. Y a uno no le queda más remedio que echar de menos aquellas olas víricas, cuando no necesitaba ir en bus y, si no le quedaba otra, iba ancho.

Ahora, con los precios de los abonos a la mitad la fiebre del trole se ha desatado y, claro, puede que el conductor de turno mire por la empresa y piense que, a más gente, menos pierden.

Si eso fuera poco, luego está la condición humana, esa misma que hace que cualquiera te mire mal si has tenido la suerte (que toque la lotería es más sencillo) de coger asiento. Lo de que hay miradas que matan es tan real en un autobús como comprobar que, con el lleno, siempre hay quien se abre paso a empujones. Es como el hombre -o la mujer, que hay que ser igualitario- hecho a sí mismo de las novelas y películas americanas, que se las ve y se las desea para ir desde la entrada al fondo, de la pobreza a la riqueza.

Y, lo mejor, es que siempre hay quien aparece con un carrito de bebé y un niño criado, que ya no lo necesita, pero hay que dejar pasar el artefacto sin poder evitar, al menos, un golpe. Como también el del bolso, la mochila, la bandolera y el roce de una espalda sudada.

Al final del trayecto, todos los chicos se bajan camino de la facultad, aunque haya alguno que se haya montado en la parada de antes (ser saludable no debe ser ir andando a un sitio que tienes al lado), y tu también te apeas, te quitas la mascarilla y estás más sudado que un ciclista dando pedales a las cuatro de la tarde por la carretera de Alcolea en agosto. 

En eso debe consistir ser sostenible y eso es la vida muchas veces, un sufrimiento callado.