Dar un paseo o ir caminando apresuradamente es, para quien observa aunque sea de soslayo, comparable a contemplar un documental de antropología. Y una cosa queda muy clara, hay demasiada gente enfadada.
Uno sale a la calle y pronto observa como un vehículo se salta un paso de peatones. Inmediatamente, es la moda, el conductor pide disculpas mientras la persona que iba a cruzar las acepta o, lo más frecuente, responde con gesto airado. Es un cruce de gestos que suele quedar ahí, aunque en ocasiones la discusión llega a más.
Sigues caminando y, poco más adelante, segundo paso de peatones, habilitado además para el carril bici. Otro coche pasa y la bici frena. De nuevo, gesto de perdón con la manita, pero esta vez la ciclista lo increpa con un insulto grueso. El conductor sigue y la ciclista se va moviendo la cabeza y blasfemando en voz baja.
Tercer paso de peatones, con semáforo. Un ciclista lo atraviesa y hay que esperar a que él gire para que el resto, agolpado en el carril bici donde tendría que estar el atravesado, espera. Algunos mascullan, el ciclista sonríe y la provocación acaba con voces y con el atleta pedaleando rapidito cuando el muñeco se pone verde.
Cuarto paso peatonal. El que se lo salta es el bus, cuyo chófer no sigue la moda de la disculpita porque a él no le hace falta. Es un ser superior, pero alguien amaga con darle un golpe al transporte público, pero por suerte la cosa no llega a más. Como tampoco lo hace en la siguiente acera, que muy ancha, pero personas en fila de a dos la hacen estrecha, mientras quienes caminan más rápido esquivan en zigzag y mascullan en esperanto.
A lo lejos se oye una voz donde alguien manda a otro alguien a donde picó el pollo. Nadie sabe por qué ni quién discute, porque antes, en la puerta de un bar hay un amago de pelea, al que tampoco puedes estar muy atento, no sea que se escape una torta y porque de la nada ha aparecido un patinete y casi te lleva por delante. Alguien lo llama “niñato” a voz en grito.
Eso han sido diez minutos andando, para cerciorarse de que hay demasiada gente enfadada y que las normas mínimas de civismo son meramente orientativas.







