Si tuviera un solo sermón que predicar


Ya lo decía el siempre genial Chesterton: –“Si tuviera un solo sermón que predicar, ciertamente no lo terminaría honorablemente sin dar fe de lo que, por lo que sé, es la sal y el conservante de estas cosas […] la humildad”. Sería una temeridad por mi parte el tratar de ponerme a la altura del inefable inglés pero sí que me voy a dar el capricho de remedarlo y proponer también, este que suscribe, materia por si llegado el caso “tuviera un solo sermón que predicar”.

Ayer mismo, Juan Manuel de Prada, en articulo de semanal dominguero, consideraba cómo la “fiesta de Giliween (el vocablo es suyo) ha arrasado la creencia de la Comunión de los Santos”. Y aquí radicaría esa materia para la que si llegado el caso “tuviera un solo sermón que predicar”: la Comunión de los Santos. Asunto del que si se pudiese hacer un estudio demoscópico -¡absténgase Tezanos!- en predicaciones, catequesis y demás soportes formativos intraeclesiales no pasaría de ser un asunto a la altura del “monumento al soldado desconocido” o una cuestión que permanece en una “apática penumbra”.

La materia no es parangonable a las “cuestiones bizantinas” puesto que, si se toma en serio, nos abre a las difícilmente cuantificables e ilimitadas dimensiones de la comunicación espiritual de bienes por la influencia del más humilde miembro de la Iglesia sobre todos los demás. Al respecto, el gran teólogo Von Balthasar ya advertía: “Habrá que investigar aquí con todo cuidado sobre qué fundamento se apoya esta posibilidad de acción para no tener que hablar a tontas y a locas”. En resumidas cuentas, y para no irme más por las ramas, la cuestión vendría a ser la siguiente: ¿Hasta dónde se extiende el poder de la oración de petición y de la intercesión en favor del otro?

El “punto dolens de la cuestión se encuentra en el hecho de que en esta atmósfera, tan cargada de individualismo, nuestra predicación y catequesis sea capaz de hacer ver que no es comprensible el cristianismo sin su inherente dimensión comunional. Es lo que, por contraste, podríamos encontrar también en otro de los genios del cristianismo contemporáneo, Georges Bernanos. Bernanosdibuja así la antítesis de este ser comunional al describir la “parroquia muerta del infierno”: “El diablo que puede tantas cosas, no llegará jamás a fundar su iglesia, una iglesia que pone en común los méritos del infierno, que pone en común el pecado. De aquí que hasta el fin del mundo, será necesario que el pecador peque solo, siempre solo” (Monsieur Ouine). De un modo, ya afirmativo, podría servirnos la enseñanza de Paul Claudel: “Para ser ella misma, para conocerse a sí misma, para realizarse, para ofrecerse a sí misma, el Alma individual tiene necesidad de toda la Iglesia, no existe más que para el puesto, para el oficio indispensable que le ha sido asignado. Sólo entonces es cuando de veras comienza a vivir y a funcionar. Solo entonces llega a ser legible como la palabra gracias a la frase y a las letras, y como la frase gracias a la página y así sucesivamente” (Paul Claudelinterrogue le Cantique des Cantiques).

Siguiendo con el magisterio de Claudel se podría decir que por la Comunión de los Santos, “un movimiento tal de la gracia”, soy salvado de un peligro grave “que ha podido ser determinado por tal acto de amor cumplido esta mañana o hace quinientos años por un hombre totalmente desconocido, cuya alma correspondería misteriosamente a la mía y que así recibiría su salario… esto que se llama libre albedrío es semejante a esas sencillas flores del campo cuyos granos sueltos lleva el viento a distancias a veces increíbles y en todas las direcciones, para terminar sembrando no sé qué montañas o qué valles. La revelación de estos prodigios será el espectáculo de un minuto que durará la eternidad”. (Méditations d’un solitaire).

Para Claudel es una certeza que “ninguno de nuestros hermanos, aun cuando lo quisiera, es capaz de faltarnos, y en el más frío avaro, en el centro de la prostituta y del más sucio borracho, hay un alma inmortal que está santamente ocupada en respirar y que, excluida del día, practica la adoración nocturna. El poeta retrata así su desgarrada visión de este misterio: “Yo les oigo que hablan cuando nosotros hablamos, y que lloran cuando yo me pongo de rodillas. ¡Yo acepto todo! Las tomo todas, las comprendo todas, no hay ni una sola de la que no tenga necesidad y de la que sea capaz de pasar. Hay muchas estrellas en el cielo y su número supera toda posibilidad de agotarlas, y sin embargo no hay ni una sola que no me sea necesaria para alabar a Dios. Hay muchos vivientes y apenas si vemos brillar a unos pocos mientras que los demás se agitan en el caos y en el torbellino de un sombrío fango, hay muchas almas, pero no hay ni una sola con la que yo no esté en comunión por este punto sagrado en ella que dice Paternoster” (Conversations).

Y todo ello en un insondable e inefable misterio de interconexión para el que nadie como Claudel ha sabido cantar su armonía recíproca en todos los elementos del mundo y sus relaciones necesarias entre ellos: “Todo comulga en Dios y todo comunica. Dios me ha puesto toda su creación en la mano para que yo Le suplique con, para que yo Le obtenga con, para que yo Le represente con todo el Universo el espectáculo de Su propia bondad, el compromiso irresistible que Le crea su propia bondad. Para Dios no es demasiado todo el Universo para hacerme el bien, y para mí no es demasiado todo el Universo para hacerle bien a Dios. Tengo piedad en toda criatura de esta necesidad que tiene de alabar a Dios, de esta necesidad que tiene de mí para alabar a Dios… El universo no es más que deficiencia y es esta deficiencia la que constituye nuestra riqueza. El universo está a falta de Dios y Dios se ha puesto en las manos de cada uno de nosotros para donarse Él a él” (Emmaiis).

Materia, para si llegado el caso, tuviese un solo sermón que predicar.