Morir con un libro apretado sobre el pecho


Tal vez no convenga especular mucho más acerca de si se trata de un óbito más o menos en el umbral de la fe

'Jesucristo', de Karl Adam
Julián Besteiro

No hace mucho días que he podido leer el curioso relato que hace el filósofo Manuel García Morente (1886-1942) de la muerte en la prisión de Carmona, el 26 de septiembre de 1940, del político Julián Besteiro (1870-1940), presidente de las Cortes durante la Segunda República y también del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. García Morente narra en carta el hecho así: “Las noticias que tengo de su muerte son, en suma consoladoras. No confesó ni comulgó, pero en los último momentos pidió por señas un libro que había encima de su mesa y lo puso apretado sobre el pecho. Ese libro era el Jesucristo, de Karl-Adam […]”. El filósofo, ya en este momento ordenado sacerdote, entiende que “las vías de Dios son inescrutables” y que “solo Dios mismo sabe lo que entonces pasaría entre esa alma y Él…” pero que era “evidente que puede haberse salvado”. A lo que añade: “Y yo me complazco en adoptar para mis adentros esa consoladora y posible hipótesis”.

García Morente

Tal vez no convenga especular mucho más acerca de si se trata de un óbito más o menos en el umbral de la fe pero sí que es cierto que es significativo por el hecho mismo de la obra que Besteiro quiere tener en su regazo en sus últimos momentos. De la obra en concreto, el mismísimo Benedicto XVI, en el prologo de esa maravilla que es su Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Primera Parte), llega a definirla como obra fascinante sobre Jesús a la altura de otras como las de Romano Guardini, Franz Michel Willam, Giovanni Papini o Daniel-Rops.

Pero, ¿qué implica morir con este libro en el regazo sino hacerlo objeto de las más ultimas complacencias? Se entiende que Besteiro estaba abrazando la intención de un autor para el que, al más puro estilo evangélico, “la plenitud de Cristo es demasiado rica y exuberante para que una sola persona y un solo libro puedan tener siquiera la pretensión de agotarla”. Se entiende también que Besteiro, como Karl-Adam se hacía eco de la radical pregunta de Dostoyevski en su ensayo Los demonios: “¿Puede un hombre culto, un europeo de nuestros días, creer aún en la divinidad de Jesucristo, Hijo de Dios?”.

Chesterton

De seguro que Besteiro, en su particular camino de búsqueda del que no puede prescindir la raza humana, se topó con pensamientos semejantes a los que el siempre simpar Chesterton se formulaba: “[…] aceptando que haya tal divinidad, convengamos en que es una divinidad terriblemente revolucionaria. Que todo hombre de bien ha de ir contra la corriente no es ninguna novedad; pero que un Dios de Bondad haya de ir también contra la corriente es la más sublime jactancia que puedan soñar los insurgentes. El cristianismo es la única religión convencida de que no bastaba a Dios ser omnipotente. Solo el cristianismo ha comprendido que el verdadero Dios, el Dios cabal, tiene que ser a la vez un rey y un rebelde […] Y aquí toco un asunto arduo de discutir y oscuro por esencia. En la historia aterradora de la Pasión, se descubre claramente la idea de que, por algún extraordinario modo, el autor de todas las cosas no solo conoció la agonía sino también la duda […] Después de esto, que busquen los revolucionarios un credo entre todos, y un Dios entre todos los dioses, pesando lo que valen los dioses del eterno retorno y del poder inalterable. No hallarán otro Dios que se haya sublevado. Más aún, que busquen los ateos un dios: solo una divinidad hallarán que alguna vez haya confesado su aislamiento; solo una religión en que Dios haya parecido ser ateo un instante”.

Dato curioso a añadir es que García Morente – como resultado de un operación inicialmente sin importancia –, apenas dos años más tarde, morirá teniendo entre sus manos uno de los volúmenes de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino. – Pero eso ya, de seguro, tendría otra lectura -.