“Making of” de diez años de leyenda(s)


Uno de los usuarios me interrumpió para preguntarme la duda más curiosa que me han planteado: "Oye, ¿tú ligas mucho contando estas cosas?"

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Velada de relatos en patios, por Érase una vez Córdoba. /Foto: LVC

No diré los nombres de los protagonistas, ni el sitio donde ocurrió. Solo que era una gélida mañana de invierno y un grupo de estudiantes de la licenciatura de Historia del Arte estábamos muertos de frío mientras dos profesores nos explicaban la historia de un conocido monumento al que íbamos a acceder. Los dos eruditos se alternaban en las disertaciones de aquella introducción rivalizando, intentando demostrar que cada uno de ellos sabía más que el otro. Estuvimos así setenta y cinco minutos, tiritando y asimilando información que, por ser cada vez más rebuscada, resultaba en su mayoría inútil.
Cuando decidieron terminar su particular batalla de gallos (uso la expresión del mundo musical) y finalmente accedimos al monumento, como se podrán imaginar, no solamente estábamos congelados, sino que no cabía una sola palabra más en el disco duro de nuestras juveniles cabezas.
Llego a entender que en contextos académicos la disciplina de la Historia del Arte pueda tomar tonos fríos alejados de la magia y la inspiración intrínsecas al propio arte. En ocasiones resulta inevitable. Incluso conveniente. Pero aquel despropósito no tenía justificación: ¿Visitar un monumento o contemplar una creación debe convertirse en un innecesario sufrimiento (en este caso, por cuestiones climatológicas) o en una infoxicación inútil porque se imponga, por encima del receptor, la vanidad del informador?
Lo peor de este hecho es que a menudo su inercia afecta a la divulgación, haciendo que los que quieren disfrutar del arte o la historia como ocio cultural se encuentren con discursos poco digeribles en los que priman las palabras raras, los datos y las teorías rocambolescas. Y eso, sin entrar a valorar algunas de las supuestas explicaciones con las que intenta justificarse parte del arte contemporáneo (en este sentido, aconsejo el disfrute de películas italianas como Teorema o La gran belleza).
Retomando el hilo, debo señalar que aquel episodio glacial provocó un “click” y esta idea quedó hibernando (nunca mejor dicho) en mi interior durante años. Concretamente, hasta que, en 2011, ya con cierta experiencia en rutas culturales, encontré en una oficina de información turística de Granada el folleto de un programa de visitas guiadas nocturnas. La más curiosa de ellas trataba sobre leyendas de los aljibes del barrio del Albaicín, lo que me pareció ya no solo un contenido interesante en sí, sino una hermosa excusa para que los granadinos descubrieran (o redescubrieran) el más famoso de sus barrios. La magia de la noche, el agua y los relatos servía como vehículo en el que disolver lo que se quería contar.
El tiempo, fiel maestro, hacía que mis piezas fuesen encajando. Pensé que precisamente las leyendas locales eran algo tan rico como poco divulgado en Córdoba. Y que la ciudad adolecía de actividades que, como muchas que yo había visto en mis etapas en Roma o en la propia Granada, buscasen, por encima del tecnicismo, descubrir curiosidades, tener encanto y provocar cierta sugestión.
Así, para asegurarme de que lo que yo impulsara no fuese algo que ya existiera (lo cual no habría tenido sentido), realicé como cliente “Paseos por Córdoba”, que entonces organizaba al atardecer el Consorcio de Turismo. Tras ello, el 1 de marzo de 2012 creamos “Érase una vez Córdoba”. Y el mes siguiente organizamos por primera vez la ruta nocturna “Leyendas de Córdoba”.
Varios supuestos entendidos en turismo (y algún autoproclamado experto en visitas guiadas) me dijeron que aquello no iba a funcionar: “¿Quién va a querer ir a un tour sobre leyendas, a esa hora de la noche, etc.?”. Pues bien, he de decir que Érase una vez Córdoba no es un ejemplo vinculable al turismo, pues gracias precisamente a la fórmula explicada hemos conseguido que casi la totalidad de nuestros clientes sean cordobeses. Pero resulta que actualmente la mayoría de empresas de visitas turísticas de la ciudad tienen un recorrido (o varios) de ese segmento que nosotros inauguramos. Incluso las hay que solo los realizan de este tipo. Y aquellos expertos en turismo ahora esconden la cabeza…
Ay, los expertos. Cuánto daño habrán hecho los expertos a la creatividad y la innovación. Creo que era Flaubert quien llamaba eunucos a los críticos. Y en los últimos años el despropósito se diversifica; por ejemplo, en el mundo empresarial en general, los emprendedores que no son capaces de sacar adelante su empresa se ofrecen como consultores (expertos) de otros empresarios.
Volviendo a nuestra intrahistoria (que es con lo que estábamos y siempre me desvío), la ruta nocturna Leyendas de Córdoba ha estado aderezada por algunas ediciones especiales. Como la de una noche de Halloween en la que incluimos acceso exclusivo al Palacio de Orive, o la primera visita nocturna a la Facultad de Filosofía y Letras, allá por 2013 (a la que, de hecho, asistió por iniciativa propia el entonces decano, Eulalio Fernández).
Esa misma fórmula de buscar una excusa atractiva con la que descubrir el patrimonio cultural la apliqué en muchas otras visitas guiadas, empezando por dos que vieron la luz en 2014: Córdoba subterránea (que, a través de varios yacimientos arqueológicos, explica la ciudad histórica) o Brujería y hechicería en Córdoba (que sumerge a los paseantes en el mágico barrio de Santiago). La idea también la hemos trasladado a cuentacuentos en patios cordobeses, a sesiones de astronomía y a programas de eventos completos, como La semana de las leyendas, que desde 2018 organizamos junto con Fundación PRASA y diversas entidades privadas.
Y, por supuesto, durante estos diez años que han pasado del 1 de marzo de 2012 al 1 de marzo 2022, hemos vivido un sinfín de anécdotas en las actividades. Quizá la primera fuera la que tuvo lugar cuando, narrando a un grupo de jubilados la leyenda del Palacio de Orive ante el propio edificio, uno de los usuarios me interrumpió para preguntarme la duda más curiosa que me han planteado: “Oye, ¿tú ligas mucho contando estas cosas?”
Ser los primeros en hacer algo que funciona también tiene sus hándicaps. Por ejemplo, que algunos de los tours que comentaba párrafos atrás, organizados con posterioridad por otras empresas, resulten ser llamativamente parecidos al nuestro a pesar de la infinidad de leyendas que hay en Córdoba. Pero eso, en el fondo, es buena señal: “cuando no me copien, empezaré a preocuparme”, decía un famoso diseñador de moda.
Me entristece mucho más el hecho de que un recorrido así, que supuestamente muestra “la otra cara” de la ciudad y desvela sus secretos, debería, por tanto, buscar grupos reducidos y espacios solitarios. Sin embargo, al formar auténticas turbas y diseñar itinerarios similares a los de otros, se solapan y apelotonan en callejuelas, molestando a los vecinos que allí habitan, entorpeciéndose mutuamente, destruyendo todo el encanto y dando como resultado una imagen lamentable.
Observando este despropósito no solo he comprobado que aquello del turismo de calidad en Córdoba es un objetivo imposible de conseguir, sino que he entendido el otro rasgo diferenciador de Érase una vez Córdoba (además de hacer los contenidos digeribles): el dar a las actividades un contexto y “toque” adecuados. Porque se puede copiar el producto, pero no la inquietud o sensibilidad que llevó a crearlo. Como un cocinero comparte su receta sabedor de que otros no la cocinarán (por lo menos, no esa en concreto) igual de bien.
Al final, todo se reduce a lo mismo. Ya lo dije hace muchos años. No diez, sino veinticinco. En el final de un relato de adolescencia que escribí sobre mi ídolo futbolístico, el danés Michael Laudrup. Y es que en la vida, con el tiempo, las cosas importantes siempre vuelven al principio: “Magia. Porque esa es la palabra. Magia. No lo olviden”. Con magia, se lo digo yo por mi década de experiencia, incluso el frío se lleva mejor.