Los dos primeros cordobeses de la Historia


Habitualmente se considera que Corduba fue fundada por el general y tres veces cónsul Marco Claudio Marcelo durante una de sus dos estancias por nuestros lares

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Parroquia de San Pelagio. /Foto: LVC
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Parroquia de San Pelagio. /Foto: LVC

Hace algunas semanas acudí a la toma de posesión de la parroquia de San Pelagio Mártir por parte del nuevo párroco, Jesús Linares Torrico. Jesús no es de mi familia, pero como si lo fuera. Nuestro vínculo hunde sus raíces en que ambos somos oriundos de Santa Eufemia. Y sirvan como ejemplos de dicha proximidad el hecho de que ofició el funeral de mi padre o el dato anecdótico de que se dirige a mi madre como “tita”.

Además, aquella calurosa tarde de finales de agosto (calurosa como todos estos últimos meses) se dio la circunstancia de que quien le dio posesión de la parroquia fue otro amigo mío: Jesús Daniel Alonso Porras, vicario de quien hablé ya en otro PaTEO en el que también abordaba, precisamente, la leyenda local de Santa Eufemia.

Y allí, sentado en un banco de San Pelagio, se me ocurrió este nuevo artículo. No porque dicha parroquia haya cumplido, como otras collaciones y templos cordobeses, medio siglo de existencia en 2022. Ni por su dedicación al joven Pelagio, quien habría sido torturado y ejecutado en Córdoba por orden de Abderramán III al no ceder a sus insinuaciones carnales y a su empeño en que abjurase de la fe cristiana.

Tampoco por cuestiones personales, como que una medio-novia que tuve hace veinte años viviese en la cercana calle Vicente Aleixandre, o las muchas veces que, siendo adolescente, fui a hacer deporte al “Circuito Cola Cao” y al campo de fútbol contiguo al cementerio de Nuestra Señora de la Salud. Ni siquiera porque uno de los amigos futboleros que entonces me acompañaban forme hoy, junto a su mujer, el dúo rockero Lady Coulson, que hace apenas unos días, veinticinco años después de aquellas mañanas balompédicas y a escasos metros del terreno de juego, amenizaba la velada en Ambigú Axerquía.

No. Por nada de eso. Lo que me vino a la cabeza fue “los dos cordobeses más antiguos de los que conozco el nombre eran de este barrio”.

Ninguno de los dos se llamaba Rafael. Ni Álvaro. Ni Acisclo, para su fortuna. Y que nadie se me ofenda por esta broma sobre el nombre del patrón de Córdoba, ya que yo me llamo nada menos que Teodoro Alfonso. Por mi padre (Teodoro Fernández Bejarano) y por mi padrino (Alfonso Fernández Zamorano, otro que no es pariente mío pero como si lo fuera). A veces la familia es así de creativa cuando elige los nombres. He pensado que quizá pretendían ir allanando el camino porque auguraban desposarme con una mujer que fuera miembro (miembra, hay que decir ahora) de alguna casa real, y la combinación resultante era adecuada para las posibles coletillas: Teodoro Alfonso de Saboya y las Dos Sicilias, por ejemplo. Vete tú a saber.

Volviendo a los dos cordobeses más antiguos de los que conozco el nombre, se llamaban Forcis y Auraricus. Se ve que ya existían entonces los padres con guasa. Y se movían por esta zona, lo que extrañará a muchos lectores, por ser un enclave fuera de nuestra muralla. Pero tiene su explicación.

Cruzando las conclusiones arqueológicas con los textos, habitualmente se considera que Corduba fue fundada por el general y tres veces cónsul Marco Claudio Marcelo durante una de sus dos estancias por nuestros lares (nunca mejor dicho) en el siglo II a.C. Algunas teorías retrasan el acontecimiento argumentando que el Claudio Marcelo pringado en el asunto fue posterior: un sobrino y yerno de Augusto, el primer emperador. En ese caso se trataría, más bien, de una refundación. Pero, aunque esta cuestión resulta fascinante, ni es la que me ocupa ni creo que altere lo que me interesa señalar.

La primera muralla que se realizó en la ciudad llegaba a los diez metros de grosor y, por el norte, coincidía con la actual Ronda de los Tejares (donde la oficina de una entidad financiera luce un importante resto de la misma); por el este, con la calle Alfaros; por el oeste, con el Paseo de la Victoria, y, al sur, correría aproximadamente por la iglesia de Santa Ana.

Ello significa que, para sorpresa de locales y foráneos, la Córdoba romana primigenia no fue el área que ahora incluye la Mezquita-Catedral, la antigua sinagoga, el alcázar de los Reyes Cristianos y los restos del teatro romano, sino nuestro centro comercial. Luego, aún bajo dominación latina, los flancos de muralla este y oeste se extenderían hasta el río abarcando, entonces sí, lo que en el siglo XXI podríamos llamar la zona turístico-monumental. Pero eso es avanzar en el tiempo, y lo que me interesa es justo lo contrario: rebobinar.

Porque este perímetro romano original que envolvía, como he detallado, el entorno de lo que hoy es la Plaza de las Tendillas, fue creado unos cientos de metros al noreste de un poblado preexistente que se encontraba en el actual Parque Cruz Conde. Un enclave privilegiado por diversas cuestiones, como su ubicación, que permitía comerciar fácilmente a través del río, entonces navegable, con el mineral de Sierra Morena.

De él habría tomado el nombre (Corduba) y, según el geógrafo Estrabón, también algunas familias de las élites indígenas que se mezclaron con los romanos recién llegados. En algunas décadas, como era de esperar, dicho asentamiento previo desaparecería, al ser absorbida su actividad por el nuevo núcleo.

Sabemos que esta Corduba prerromana, que existía desde el tercer milenio antes de Cristo y de la que se han encontrado nada menos que dieciocho niveles, participó en las guerras púnicas que enfrentaron a Roma y Cartago enviando tropas para apoyar al famoso Aníbal a finales del siglo III a.C. Y que dicho contingente estaba a cargo de los caudillos locales Forcis y Auraricus. Nombres dignos, por supuesto, de cualquier resistencia contra Roma llevada al cómic. Pero, en este caso, reales. Y presupongo que vecinos de lo que viene siendo, desde mitad del siglo pasado, el Parque Cruz Conde.

Hubo, claro, otros muchos habitantes de Corduba antes que ellos. Durante dos o tres milenios, como acabo de decir. Pero, puestos a saber, también sabemos que todo empezó con el Verbo: las cosas sin nombre, en cierto modo, no existen. Por eso, quizá, me pusieron uno suficientemente rimbombante.  Y también por eso Forcis y Aurarico son, al menos para Teodoro Alfonso de Asturias y Hannover, los dos primeros cordobeses de la historia.