Manu Román y puntos suspensivos…


Paseó sin destino por las calles de Ronda.  Rebinando recuerdos.

I.- Antes del paseíllo

 

El viejo aficionado estaba en Ronda, en la plaza de toros,  acomodado en el tendido. Contemplaba la sólida arquitectura del coso, su aire místico de convento, su empaque de piedra inamovible. Musitó:

– “Plaza de toros de Ronda, la de los toreros machos….”

 Mientras  comenzaba el festejo se entretenía agitando  su  copa. En vaso de cristal, naturalmente. Lo removía y los hielos chocaban entre sí y musiqueaban  una música muy cantarina que le llevaban a tiempos muy antiguos, de cuando aún  era joven. Musitó:

– “ Cualquiera tiempo pasado, fue mejor….”

  A la tónica le había echado un chorreón de ginebra, un venenillo discreto  para darle más presencia al bebestible.

Contempló el anillo del coso: por suerte, desde su posición, no se confrontaba ninguna de las columnas que sostenía  la cubierta de plaza, de modo que nada impedía  la visión del ruedo.

Y echó su buchito de ginebra.

Un extranjero rezagado avanzaba torpemente por el tendido buscando su localidad. Tenía un bigote famélico y vergonzante, como una raspa de sardina pegada sobre el labio. Y los ojos saltoncillos, como de sapo. El viejo aficionado lo orientó amablemente y le señaló su asiento:

– Ahí es, “ mesié” , el numero 54 de esa fila.

El extranjero, azorado y torpón, dio un  traspiés y vertió una botella de agua en los pantalones del viejo aficionado. Ni se disculpó  siquiera y avanzó dando camballadas hasta su sitio. El viejo aficionado se limitó  a musitar, recordando a Fernando Villalón:

– “ Amo a Francia…. y odio a los franceses…”

El viejo aficionado se preguntaba qué le había movido a viajar a Ronda, sin más compaña que su soledad, una tarde de viernes, en un verano que se iba muriendo a chorros. Tal vez, ese viaje no era una cosa distinta  a lo que iba persiguiendo desde que tenía conciencia: sentirse vivo. Conseguir que  vivir no fuera una inercia, una repetición de actitudes, sentires y circunstancias. Musitó :

 

– Solo hay dos formas de vivir la vida: una como si nada fuera un milagro. Otra como si todo fuera un milagro.

Se echó otro buchito de ginebra. Refrescó el  gaznate. Chasqueó  la lengua. Y musitó:

– …y yo voy buscando el milagro. Desde siempre y día a día…

Un niño gordinflón,  sentado junto al viejo aficionado, susurró a su madre:

– Este hombre está loco, habla solo.

La madre le dio un pellizco:

– Calla niño…

El viejo aficionado sonrió. Le enternecía la inocencia del niño. Musitó:

– “Quien habla solo espera hablar a Dios un día….”

 

II.- Durante la faena.

El novillo galopaba con nobleza y metía la cara con profundidad y los lances del torerillo surgían arracimados, ligados, lentos, como si fueran un ramo de flores. El viejo aficionado empezaba a sorprenderse de tanta torería. Se acordó de Lorca  y musitó:

– “Cuando los erales sueñan verónicas de alhelí….”

Continuó la lidia y ya comenzada la faena de muleta el viejo aficionado se quitó un momento las gafas y se refregó los ojos. Y se puso las gafas de nuevo. Y enfocó la vista. Lo que veía o, mejor, lo que sentía,  parecía irreal. Había una conexión inmaterial entre el torero y el viejo aficionado. Después de mucho años había vuelto a sentir el toreo : le conmovía la lentitud en  la  forma  de andar y de estar en la cara del novillo, de medir los tiempos, de embarcar el muletazo y atemperar las suertes…  Y de recrear el ritmo. La lentitud, el “ estar en la cara del novillo”, ese algo inexplicable… Y eso   era lo más importante para el viejo aficionado: porque  la lentitud, sobre todo la lentitud, pero también el “ese estar en la cara del novillo “,    eran inaprehensibles, como la poesía, como la nada, como el todo… Sin saber por qué, se acordó del verso de  Vicente Alexandre . Musitó:

– “ Caudales de lentitud…”

El  niño gordinflón  lindero al viejo aficionado,  susurró  de nuevo a su madre :

– Este hombre está loco, habla solo.

Pero la madre estaba absorta en la faena  y no dijo nada y le alargó un bocadillo de chorizo, a ver si se callaba de una puñetera vez.

 

Ahora  el viejo aficionado reparaba ahora en otros aspectos: la forma de citar, casi de frente, para buscar un embroque purísimo; luego la ligazón, la franela siempre puesta, para alargar los siguientes muletazos y, finalmente, embebido ya el novillo, el relajo, la cadencia, casi la desgana de un último  muletazo tibio, rematado, y dormido, que precedía al pase de pecho, amplio y definitivo, como el caudal de un río desbordado. Y siempre la lentitud, el comedimiento, la poesía…Y siempre la torería. Y la pausada lentitud. Y siempre la evocación de Vicente Alexandre:

– “ Caudales de lentitud…”

Una trincherilla rítmica, aletargada y transparente le sacudió el sentimiento  y no pudo resistirse a un ¡ ole ¡ descarnado, que le arrancó de lo más hondo de su ser,  como si llevara allí agazapado una inmensidad de años, esperando ser cantado.

 Y le vino a la mente Quevedo. Y susurró:

– “ Este puro milagro transparente….”

 

III.- Después de la corrida.

 

Salió de la plaza abotagado y perplejo. Después de tantos años, había vuelto a sentir el toreo. Y, aunque iba exultante, no quería ser un insensato:

– Ser figura del toreo es un milagro. Ojalá que no maleen al muchacho los aduladores. Y ojala él sepa que aun no es nada y se esfuerce en mejorar día a día. Porque vendrán días de fracaso y de dolor…Vaya si vendrán…

Paseó sin destino por las calles de Ronda.  Rebinando recuerdos. Muchas imágenes de jóvenes promesas que nunca  llegaron a cuajarse se le agolparon en la mente. Tantas esperanzas que luego fueron , simplemente, amargura y olvido. Aun así el viejo aficionado quería tener fe. Tenia fe. Ese chaval, ese Manu Román, le había encendido de nuevo la llama de la vida. Y el viejo aficionado, tan viejo, tan cascado, tan escéptico a veces, volvía a creer en los milagros, volvía a creer en la vida…

 

Dijo:

 – Solo hay dos formas de vivir la vida: una como si nada fuera un milagro. Otra como si todo fuera un milagro.

Respiró hondo :

– Y yo me apunto a la segunda.

Y, al momento, remató:

– Yo me apunto al futuro, a la vida…

El cielo de Ronda estaba ya oscuro, oscuro como las aguas de un puerto, pero en su piel se claveteaban estrellas que pugnaban por brillar, por brillar y apuntar su luz  desde  más allá de esa linde de donde arranca  del universo…