La farmacia y la novena


Le pido a la farmacéutica el clásico Frenadol y le digo mientras lo busca: “la novena de Beethoven, inconfundible"

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Farmacia./Foto: Irene Lucena

Me acerco tranquilamente a la farmacia por un recado. Es un día de diario como otro cualquiera, soleado y frío, sin nada extraordinario ni en la agenda ni en el alma, o eso creía yo.
Entro. Mascarilla, gel de manos… La farmacia ya no solo está fortificada contra ladrones, sino contra algo mucho más pequeño y a veces letal que es este virus. No hay nadie al otro lado. El farmacéutico en la rebotica. Un clásico de la normalidad. Oigo una música. No me es desconocida. Me extraña porque hace mucho tiempo que no se escucha ningún hilo musical en ningún negocio. Tal vez solo la radio en los taxis. Antes era habitual. Es música clásica. La novena de Beethoven. Inconfundibles esos aldabonazos. No sólo las orejas acusan el dato, el corazón recibe su punch y manda al cerebro una orden inconfundible tantas veces repetida: la vida es de una grandeza inimaginable.

Le pido a la farmacéutica el clásico Frenadol y le digo mientras lo busca: “la novena de Beethoven, inconfundible». «Sí, eso es. -me responde- Me gusta esta radio, radio clásica».

Salgo de la farmacia y noto en todo mi ser el impacto de la belleza, de algo más grande que yo mismo no soy capaz de generar pero sí soy capaz de detectar. Soy el mismo pero soy otro. Iba normal y salgo tocado. Vuelvo a caer en la cuenta otra vez: ¡la vida está hecha para algo grande! “Chules -me repite una vocecilla en mi interior- la vida está hecha para algo grande pero dentro de la más absoluta normalidad. No hay un minuto que desperdiciar”. Y vuelvo a mis quehaceres más contento, más yo mismo, más humano, con más ganas de vivir la vida, más agradecido. 

Y todo gracias a la novena. Y todo gracias a Dios. Qué ceguera más increíble tienen los que dicen que Dios está allí arriba mirándonos, como los dioses griegos del Olimpo, sin intervenir ni compadecerse de nosotros.

Es verdad, se necesita una educación para saber cómo y por dónde entra este Dios. Todos los días mis amigos y yo rezamos a las doce del mediodía: “Y el verbo de Dios se hizo carne”. Cristo, Dios hecho hombre, tocó el corazón de modo imprevisto de doce apóstoles que le siguieron y, a través de ellos y de modo ininterrumpido, durante 2022 años el corazón de otros. Hasta hoy en mi farmacia. Y quizás, a través de este pequeño corazón conmovido, también hasta quien lee estas líneas. 

Así sigue esta cadena humana que produce la civilización cristiana donde las personas, como verdaderos amigos, se cuidan y ponen en el centro a las más necesitadas de este afecto, de esta ternura de Dios visible y audible como el primer día. 

Gracias a la novena. Gracias a Dios.