La «gud pipol»


Tenemos que volver un poco a estos criterios originales que se podrían resumir en él genérico  "buena gente"

Hace poco comía con un amigo, de esos de toda la vida, que hacía tiempo no veía. Qué gusto. Fue una comida sencilla, de menú diario,  a la que adjuntamos dos buenos cubalibres en una distendida sobremesa.
 
El caso es que volvía a los quehaceres de la tarde contento. Sencillamente contento. La buena gente de toda la vida, pensaba. Hay sin embargo, a quien el paso del tiempo no le ha sentado tan bien: han sido incapaces de mantener una mínima amistad y de mirar un poco por el de al lado. Este es un fenómeno bastante repetido en la sociedad en la que vivimos. Uno se hace áspero, y «como con pinchos», en nombre de un bien o una pretendida justicia. Esta burda falsedad entre el discurso (lo que se dice) y lo que se llega a ser o cómo se actúa es llamativa en la sociedad actual. No hay ámbito social, trabajo, amistad, religión, empresa, que esté libre de esta tipología humana. Habría que ver qué raíces antropológicas tiene porque, cuando empieza a ser tan extendido, es posible que haya en el sistema algo que corregir.
 
Tenemos que volver un poco a estos criterios originales que se podrían resumir en él genérico  «buena gente». A lo mejor nos hemos pasado media vida luchando por sacar adelante la familia, el trabajo, el ocio, incluso lo religioso y en esa lucha, nos hemos dejado lo más importante: lo humano, ser buena gente y punto.
Alguno nos podría decir -no sin razón- a la gente de Iglesia, que presumimos de un discurso impecable por el prójimo (otra cosa luego es el día a día), que para ese viaje no hacían falta esas alforjas. En fin, que el criterio de la buena gente de toda la vida, nos parece un buen criterio.
De alguna manera este Papa lo ha dicho a su manera: «Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino«.