Elvis y las niñas


Lo tienen todo -así lo reconocen- y, sin embargo, sus vidas son catastróficas

«Tía me voy a casa que estoy sufriendo un ataque de ansiedad», le dice una chavala a su amiga en los pasillos de un colegio donde mi amigo profesor pasaba justo en ese instante. Lo decía, me decía mi amigo, como si se fuera a casa porque le dolía la cabeza, sin drama ni tragedia aparente.

Elvis, el rey del rock, en su reciente biografía apenas salida del horno al mercado editorial, además de pertenecer a tamaña realeza, pertenecía a otro menos selecto club: adicto a los barbitúricos y muerto prematuramente a causa de ellos. También le pasó a Michael Jackson y otras insignes figuras.
Con todo el dinero que tenían no se les ocurría disfrutar saliendo a comer un estupendo desayuno en el Mallorca o hacer jogging a las 12 del mediodía un día de diario en el parque de al lado o ir al cine a ver el último estreno. Solo querían matar la desazón inevitable que produce el mero hecho de estar vivo.

Tanto Elvis como la estudiante del colegio de mi amigo son tipos humanos cuya vida está marcada por una total ausencia de sufrimiento. Lo tienen todo -así lo reconocen- y, sin embargo, sus vidas son catastróficas.
¿Qué se puede hacer en estos casos? ¿Privarles de algo para que no «lo tengan todo”? Se olvida una ley de la vida que se pone en primer plano siempre que ocurre alguna desgracia humanitaria: la vida es para darla. Así lo estamos viendo en la alocada carrera de tantos que van a Polonia a recoger a refugiados ucranianos sin, en algunos casos, haber planificado qué hacer luego con ellos.

Entonces, ¿qué hacer? ¿Esperamos a tener un cáncer terminal para caer en la cuenta de qué es la vida? ¿Necesitamos sufrir una guerra o un atentado terrorista? He aquí el diálogo, inigualable, de un joven en la radio después de sufrir el atentado en la sala Bataclán.

– ¿Qué habéis aprendido de esta cosa tan extraordinaria que os ha sucedido?
– Que la vida pende de un hilo, que es necesario apreciarla, y que no había nada más serio que el hecho de que estábamos vivos todavía».
– Y qué habéis aprendido de ellos, de los agresores?
– Que necesitaban un ideal que el mundo occidental en el que vivían no les ofrecía. Y han encontrado un ideal mortífero, de venganza, de odio y de terror […]. Pero se dieron cuenta demasiado tarde de que la vida era importante. Y yo hoy puedo darme cuenta de que cada instante que paso con mi familia […] es una bendición. Los momentos sencillos de una vida forman parte de las cosas más bonitas que podemos tener, y de esto solo nos damos cuenta cuando nos pasa ese tipo de shock como el que he vivido. Tengo la impresión de haber nacido por segunda vez y quiero gustar esta nueva vida que se me ha regalado.
¿Hay algún camino razonable, humano qué hacer? ¡¡¡Dar la vida!!! Pero no a cualquier cosa sino a un gran ideal!!! Un ideal que esté a la estatura enorme del ser humano. Cuánto más grande es el ideal al que darnos, más a la grande se cumple la vida.
Yo no conozco honor más grande que el servicio al prójimo. El corazón se me llena de alegría y se me conmueven las entrañas. Así se ha construido en la historia la civilización más humana y grande que ha visto la historia: la cristiana. Si olvidamos esto, el castillete se nos desmorona por todos lados. 
 
¡Sirva y sálvese! ¡Sirva y salve a sus hijos, a sus vecinos, a sus amigos, a sus alumnos!