Cómo hemos disfrutado este pasado fin de semana viendo a un chavalín, Carlos Alcaraz, venciendo en batallas épicas a Nadal y Djokovic y Zverev en el master 1000 de tenis de Madrid.
Las cámaras intercalan en los múltiples tiempos muertos que existen en el tenis la repetición de las mejores jugadas y detalles curiosos con rostros de todos los famosos que acuden a este foro a ver el espectáculo y dejarse ver.
Todo, empresas patrocinadoras, organización, política municipal, etc al servicio de este espectáculo sin igual.
Tengo amigos que se las ingenian todos los años para llegar a la tan ansiada zona VIP que presume de tener el mejor catering de todo el circuito.
Se disfruta, sin duda.
Todo el mundo querrá conocer a Carlitos Alcaraz, de dónde sale, qué ha hecho, cómo ha ascendido en su fulgurante carrera deportiva, quiénes son sus padres. Todo el mundo quiere pegarse. Las cámaras de TV sacan repetidamente a los padres, entrenador y allegados.
Normal. Es una tendencia casi natural. Todo el mundo quiere estar cerca de quien tiene éxito.
Pero me saltaba la pregunta. ¿Y los que en nuestra sociedad han fracasado? ¿Alguien se dedica a ellos? ¿Hay recursos, empresas, grupos de amigos dedicados a los fracasados?
Pues hay un pequeño grupo de gente, de zumbados, que, yendo contracorriente, hacen eso dentro de sus vidas. Qué suicidio. Esto sí que no sirve para hacer negocios, mejorar en el trabajo, tener más dinerete, disfrutar del ocio y tiempo libre. Nadie te reconoce nada, no sales en la prensa, ni hay entrevistas en los medios que alaben el esfuerzo y la carrera fulgurante hacia el fracaso que supone dedicar la vida a los que antes ya han fracasado: yonquis, inmigrantes sin papeles, menas, pobres sin techo de las calles, alcohólicos irremediables, cincuentones reventados por la crisis laboral y/o afectiva, adictos a las más diversas drogas, esquizofrénicos ex yonquis, discapacitados desesperados donde la pandemia les ha dejado todavía más solos en sus residencias, chavales apenas adolescentes con la autoestima por los suelos, prematuros enfermos terminales y un largo etcétera.
Estos no salen por la TV. No es un espectáculo seguramente digno de ver.
Esta tipología de gente, los dedicados a los fracasados (tenga usted éxito en el momento de su muerte libro del gran Fabrice Hadjad recomienda sin pelos en la lengua entrar en este selecto club) tampoco está en el centro de nuestra Iglesia, tal vez demasiado colonizada sin darse cuenta por la mentalidad del mundo de hoy. Mundanización de la Iglesia lo llama este increíble Papa que tenemos. Para encontrarla hay que acudir a los repliegues que se van formando dentro de la azarosa vida eclesial, hay que excavar, rebuscar, normalmente en las periferias, en sus lejanas fronteras, incluso más allá de ellas, nunca en los centros de sus organizaciones ni bajo la luz de los potentes focos del reconocimiento y las palmaditas en la espalda que tanto gustan. Este Papa lo sabe bien y predica contra viento y marea una iglesia más descentrada y que mire a esas fronteras del Far West del fracaso humano.

Bocatas: pasión por el hombre.
Seguimos.







