Sor Cristina


Sor Cristina se dedicó a él con denuedo entusiasmo conminándole a seguir al Señor de la vida y su pueblo allí donde vive

caminos red

Esta pasada Semana Santa he hecho por segunda vez, con amigos, un trecho del camino de Santiago en bici. La primera fue en 2019, justo el año anterior a la pandemia. Quisimos repetir en 2020 pero el confinamiento lo impidió. Así que, dos años después, volvimos a recorrerlo. ¿Lo hemos cogido con más gusto? Seguramente. La vida siempre es un don, pero hace falta caer en la cuenta de que salir en bici a dar un paseo con los amigos en un ambiente abierto, como el que se da sin ninguna duda con los otros peregrinos que nos vamos encontrando, es un privilegio casi real.

El caso es que la primera vez que lo hicimos paramos en un pueblín. Era jueves santo y acudimos a los oficios de la iglesia del lugar. Para nuestra sorpresa, el sermón del sacerdote nos impresionó. Carecía del tono moralina, típico de nuestra tierra, y tenía que ver con la vida. Esperamos al final de la eucaristía para conocer a semejante hombre y entender si verdaderamente creía en lo que había dicho o era una simple manera buena y bonita de hablar. Pero nuestra sorpresa no recayó en él, sino en una hermana monja que nos atendió (a lo mejor esto de atender a peregrinos después de tan importante función litúrgica es una actividad secundaria y auxiliar) con un gusto, una fuerza, una potencia y un entusiasmo totalmente fuera de lo común. A la mañana siguiente volvimos para rezar laudes con ella antes de salir hacia nuestro nuevo destino. Con nosotros iba un peregrino que se había unido unos días antes y con el que trabamos una bonita e intensa amistad. Este hombre caminaba sólo con el alma dolorida por los avatares de la vida y hacia el camino esperando “algo” que ni él mismo sabía.
Sor Cristina se dedicó a él con denuedo entusiasmo conminándole a seguir al Señor de la vida y su pueblo allí donde vive. El tío salió tocado y agradecido.

Este año, aún cogiendo otro camino diferente, confluimos en el mismo pueblo y fuimos a la correspondiente función litúrgica del jueves santo con el ánimo de poder saludar y charlar con esta ya “amiga hacia el destino”. Ella no estaba. Ni ella ni el cura.
La plaza del pueblo estaba abarrotada de peregrinos que, en las terrazas, disfrutaban de la cerveza, la compañía y los primeros rayos de Sol del principio de la primavera. A veces parece que lo placentero de la vida, lo verdadero, lo que construye, está en el bar más que en la iglesia.

Dios pasaría desapercibido en nuestro mundo si no fuera por el encuentro con humanidades cambiadas, tocadas por un algo especial, que encarnan a Dios (“Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”) igual que hace dos mil años.

Abrazo Sor Cristina, donde quiera que se encuentre. Gracias por su SÍ.