El bar


En un determinado punto de la noche el bar se transforma en escuela de vida. Siempre la misma pauta.

Recientemente he conocido un bar que, por sus fenómenos paranormales, nada tiene que envidar al bar de la película de Alex de la Iglesia.

Es un bar pequeñito, de los de toda la vida, donde cada centímetro cuadrado se exprime hasta límites sorprendentes. Más reducido, más rentabilidad financiero-fiscal dado el sistema de índices y módulos por el que pagan impuestos. Hay miles así en España.

Ese bar, como tantos otros, tiene una clientela de barrio asentada que ha incluido en su horario el echar un rato en el lugar.

Tiene un futbolín, como en ya no tantos otros bares, que hace las delicias de la clientela de toda edad y condición. La edad de jubilación en este deporte no tiene límite. Todo el mundo recuerda, en un momento de su vida, haber sido deportista de alto nivel. El que escribe no pierde con su pareja de siempre desde el 87 y, por imperativo de la Liga Mundial de Futbolín, está obligado a comunicarlo a sus contrarios antes de empezar la partida.

A la clientela fija de este bar no les une nada en común. No pertenecen a ninguna secta secreta, no comparten ideología, ni afición por el mismo equipo de fútbol. Asiduamente, al declinar el día, un angloirlandés fornido, aficionado a las cervezas, se sienta siempre en el mismo lugar de la barra. Luego está el tipo medio que llega del largo y duro trabajo. Viene al desfogue después de haber vivido ya más de media vida con los clásicos sinsabores de esta vida, que no por ser clásicos, dejan de ser tragos amargos. Sin sabores que tendremos que pasar muchos antes o después.

Entonces, ¿qué sucede en el bar para sea tan especial? Tomás, el regente del bar -gran sabedor de cómo está hecha la vida y que tiene pinta de haber toreado ya en todo tipo de plazas- aplica sus ungüentos de viejo mago druida sobre sus pacientes, su clientela. Mientras sirve las cervezas, pone el aperitivo o recoge, escucha, mira de reojo e investiga las almas de los clientes. Discretamente, desde una segunda fila, lo mira todo. Solo con echar el ojo ya sabe por dónde vas, por dónde vienes y, sobre todo, a dónde vas. 

Ventila, antes de que se entere de que les ha dado boleto, a los que van dirección “este mundo” queriendo joder o pisar al prójimo ya sean compañeros de trabajo, familiares o amigos. Se queda con el rebaño de los que llegan justos a fin del día, de los que no han encontrado el afecto diario que nos es tan necesario para respirar, de los que necesitan espacios verdaderamente humanos para vivir o, al menos, sobrevivir. “Tracé un ambicioso plan, consistía en sobrevivir” dice una canción de Nacho Vegas.

En un determinado punto de la noche el bar se transforma en escuela de vida. Siempre la misma pauta.  Alguien se pone a cantar sin parar sus andanzas y desventuras bajo la atenta batuta del director.  El regente -llano sencillo y regado de cervezas por doquier- interviene para corregir, abrazar, entender y comprender al personal. No está sólo. Una jovencita estudiante de psicología, que además toca la viola (ahí es nada Mari Loli), echa unas horas en el bar para salir adelante. Ha encajado en la difícil labor de dirigir esta escuela y complementa, apoya y sugiere en la misma dirección de acogida de lo humano al desnudo.

Puro espectáculo a cambio del precio de cuatro cerves. Ocho si invitas al prójimo. 

En un momento dado de la noche sucede lo que decía Vasili Grossman: “La belleza del mundo sobrepasó aquella noche su cota más alta, hasta tal punto que nadie pudiera dejar de reparar… ni de pensar en ella”. Semejante triunfo de la belleza sólo se manifiesta cuando, además de algún observador ocioso que se detiene impresionado ante el cuadro que se despliega ante sus ojos, también el obrero que acaba de terminar su jornada y el caminante con los pies llagados abarcan lentamente con la mirada la tierra y el cielo, olvidándose del cansancio.

En momentos como ese el hombre percibe la luz, el espacio, el susurro, el silencio, los olores dulces y las caricias de la hierba y las hojas en su hermoso conjunto… Aquella belleza, la auténtica belleza, sólo quiere transmitir al hombre un mensaje: la vida es un bien«

Como siempre ha pasado, la sal de la tierra, oculta a la vista.