Gramsci redivivo


Jamás una doctrina basada en el rencor y la aniquilación fue tan poderosa, ubicua, eficaz y penetrante.

En las épocas de auge del cristianismo, con papas como Gregorio VII, quien humilló a Enrique IV en Canossa, o el aguerrido Inocencio III, que exterminó a los albigenses, o Julio II, tan válido soldado como mecenas de las artes, o considerando alternativamente la determinación y fuerza que ejercieron los dirigentes de sectas e iglesias protestantes, dicho poder era ejecutivo, físico, intimidante, integral. Pero también generaba un clima, una superestructura de infiltración, represión, proselitismo, censura, monitorización de las conciencias, tutela. En definitiva, primero quieres unificar militarmente, controlar un territorio y a sus gentes. Después buscas someterlas y que te obedezcan, te paguen tributos y te teman. Y en tercer lugar aspiras a ser su ingeniero de almas, que diría Stalin, dirigiendo sus mentes y moldeando su pensamiento, imponiéndoles un lenguaje establecido y acallando un lenguaje disidente. Esto fue, en determinadas fases, el cristianismo.

Pero la aparición de Lutero, como antes de los herejes, que en modo alguno encarnaban versiones más amables, o una vez surgidas otras corrientes disconformes (algunas de generosidad excepcional, como los cuáqueros), no varió demasiado el paradigma. Cualquier movimiento colectivo aspira a una hegemonía, esa palabra mágica que, no sin fundamento, asociamos a Gramsci. Y tuvimos que experimentar la Guerra de los Treinta Años, para vacunarnos con la Paz de Westfalia de 1648. Anteriormente, el Edicto de Nantes de 1598, promulgado por un Enrique IV distinto, el monarca francés, había intentado propiciar cierta pacificación impulsando una tolerancia parcial tras el espeluznante baño de sangre de la noche de San Bartolomé en 1572, aunque fuera para verse revocado por el edicto de Fontainebleau de 1629, que volvía a las andadas del hegemonismo. Ya fuese por una convicción íntima de que ciertas dosis de escepticismo, relativismo y pluralismo son en sí mismas deseables, como hubo de aprender Montaigne, ya por concluir que la coexistencia entre cosmogonías divergentes resulta más ventajosa que el afán de eliminación mutua, lo cierto es que el cristianismo se convirtió en la principal influencia civilizadora alumbrada por la humanidad. No hay más que fijarse en ese componente sacro que enaltece los museos, las programaciones musicales más excelsas o la arquitectura que admiramos en los viajes.

Michel de Montaigne

Lo consiguió, conviene no olvidarlo, al perder su exclusividad y cultivar un ecumenismo que intentaba convencer sin aplastar, compartiendo. Mostrando humildad, entrega, honestidad y sabiduría. Una circunstancia que, constatablemente, promueve el liderazgo de los mejores, los más dignos, los de mayor calidad espiritual e intelectual. Por eso, el feroz anticatolicismo británico produjo, sin proponérselo, un fruto noble, tal son nuestros deslumbrantes John Henry Newman, Gerard Manley Hopkins, G.K. Chesterton o Evelyn Waugh. Porque la hegemonía, que Gramsci toma prestada de Lenin, suele conllevar el fenómeno contrario: el apetito descarnado de dominación, el ascenso de los psicópatas, los crueles, los tiranos sin escrúpulos. Lo cual a menudo genera burocracias endogámicas, apropiación interesada de lo institucional por parte de sus apparátchik y sombrías transversalidades con vocación de construir un deep state no precisamente patriótico o benéfico, sino al servicio de una nomenklatura opaca, corrupta y pagada de sí misma. Que en este caso ve en la fe católica a su enemigo. Algún motivo habrá.

John_Henry_Newman

Qué duda cabe de que siempre surgirán personas bienintencionadas y decentes que, por idealismo, se afilien a una organización, la que sea, provista de un mensaje salvífico y con pretensiones de ir implantando un dominio global. Pero el principio de lealtad vincula, compromete y, a la postre, te hace disculpar o sobrellevar en silencio, como gajes del oficio o un mal menor, las tropelías perpetradas por los jefes. Percibes entonces que habitas un espacio polarizado de hunos y de hotros, que se pasa mucho frío a la intemperie o tras romper con la feligresía y que, al final, el objetivo más rentable es el triunfo de tu equipo, aunque sea propinando patadas con alevosía y metiendo los goles con la mano.

Un librepensador, un liberal de veras, va por otros derroteros. Como buen seguidor de Sexto Empírico, el médico y filósofo pirroniano de hace dos milenios, se pondrá en cuestión a sí mismo por respeto a los demás. Preferirá que prosperen el bien y la verdad, entendidos como magnitudes tangibles y objetivas, antes que aferrarse a sus prejuicios, llevarse el gato al agua o a que los mandamases de su tribu se adueñen de un poder omnímodo, para a continuación repartir entre sus fieles caramelos. Preservar la lucidez en un estado de vulnerabilidad personal, rodeado de una policía del pensamiento y de una masa obtusa y fanatizada, fue por lo demás el meritorio sino de Protágoras, Sócrates, Jenofonte, Averroes, Maimónides, Spinoza, Lessing y tantos otros, según nos advierte Leo Strauss.

Leo Strauss

Como fue elección y táctica de supervivencia para los fenicios, esos geniales forjadores del comercio, el arte de la cantería o la escritura fonética, que escogieron como su santo y seña un posibilismo sutil y un sincretismo ajeno a dogmas. De ahí que contribuyesen a engrandecer, en etapas sucesivas, las culturas egipcia, minoica, cananea, hebrea, tartésica, griega o púnica, antes de sucumbir ante la maquinaria bélica de Roma, a la que llegaron, no obstante, a poner en apuros. Fomentando el intercambio y la cooperación, aceptando sin perturbación los credos y los dioses ajenos, pisando con cautela. Lo aventura con garbo y acuciosidad el entretenido Sanford Holst en sus libros. Claro que mucho antes, concretamente en el siglo XII antes de Cristo, fue cuando –tal y como lo describe el arqueólogo, antropólogo y catedrático de clásicas Eric H. Cline en su original volumen 1177 a.C.: El año en que la civilización se derrumbó (Barcelona: Crítica, 2016)—los llamados Pueblos del Mar habían puesto un final amargo a la alta sofisticación que caracterizó la Edad del Bronce, devolviéndonos a una barbarie inédita en el período precedente.

Si vamos tan atrás, es para elucidar cómo pudieron haberse desenvuelto los modelos de conducta edificantes cuando eres el más lúcido y a la par el más frágil dentro de un universo hostil, cuya inmoralidad, sectarismo y furor propagandístico logran constituir una afrenta permanente a la causa de la libertad. ¿Cómo expresar nociones útiles, comunicarse con espíritus afines, servir al conocimiento y defender la moralidad, sin causarse un daño letal, toda vez que estás rechazando y criticando el arsenal de ficciones difundidas a los cuatro vientos por un “progresismo” canónico, concebido en forma de totalitarismo postmoderno, tal una religión política que se halla en posesión de casi cualquier resorte? Porque la doxa progresista ha impregnado la atmósfera con una exhaustividad y con un desprecio a la condición individual que jamás se hubiera permitido, verbigracia, el franquismo más caricaturizado.

Y eso que en esta sedicente democracia hemos vivido situaciones antiliberales. En la época del GAL, por ejemplo, había que esconder que se portaba El Mundo para enterarse de algo no contaminado de mentira gubernamental. Barruntar que el PSOE pudiera tener algo que ver con la guerra sucia contra ETA era síntoma inequívoco de que eras un fascista y un reaccionario. Y es que en la calle había que lucir de manera exagerada y ostensible, como salvoconducto, El País. Y si trabajabas en la Universidad o frecuentabas actos culturales, era aún más imperativo. Lo mismo que más tarde fue obligatorio demostrar que opinabas que el 11-M lo habían montado entre un esquizofrénico y unos yihadistas de atrezzo. Ahora no sólo retornan estas sensaciones, sino que hemos ido marcadamente a peor, sin que exista consigna tendenciosa que la población no esté dispuesta a interiorizar. ¡Y eso que hacia 1990-1991 creíamos que soplaban vientos de apertura mental, concordia y entendimiento entre sentires diferentes, y consolidación irreversible del ideario liberal!

La inquina que sufren quienes piensan por sí mismos, insisten en preservar un ámbito de vida privada y familiar en el que no meta las manos el Estado, desean conservar sus creencias legítimas y se identifican con ese humanismo cristiano que han ido cuidando y transmitiendo sus antepasados con afán de trascendencia, crece de un modo galopante.

Contemplando lo que está ocurriendo en Hispanoamérica, de Nicaragua a Chile, de Argentina a México, de Venezuela a Bolivia, de Colombia al Perú, uno está a punto de lamentar el derrumbe del muro de Berlín. La venganza de un comunismo desacreditado por la realidad y las ansias de autodeterminación de la ciudadanía ha sido truculenta. Y no acaba ahí la cosa. Lo tenemos revolviendo avisperos y sembrando cizaña en Estados Unidos, en media Europa, en las universidades, envenenando las esferas de inteligencia y de belleza más preciadas, desmontando con saña las costumbres cristianas, utilizando al islamismo como ariete, sublevando a los negros, las mujeres o los homosexuales más ofuscados, ventajistas y mostrencos. Jamás una doctrina basada en el rencor y la aniquilación fue tan poderosa, ubicua, eficaz y penetrante. Tan acaparadora. Su avance ha de explicarse más allá de las habilidades propias. Hay sincronización, y se atisban apoyos sospechosos en la sombra. Un contagio artificial, una mecánica instrumentalizada. Como cuando el tren blindado de Lenin, se vislumbran titiriteros que mueven a los titiriteros al cargo de las marionetas.