Liberal vs. progresista


Un liberal habita en el posibilismo tangible de un mundo con incógnitas y oportunidades. Aspira a elegir por su cuenta.

Arm wrestling confrontation. Strong arms. Vector illustration

Se diría de entrada, contemplando el panorama político español, que así están dispuestos los frentes: una derecha liberal, defensora de la libertad individual, la meritocracia y la propiedad privada que, por creer en la iniciativa, la responsabilidad y el estímulo, considera justo que uno pueda conservar los frutos de su propio esfuerzo; y una izquierda colectivista, ansiosa por someter la administración de la riqueza a los poderes públicos, empeñada en detraer los bienes de quienes los producen, para proceder a un reparto clientelista de los mismos entre sectores designados como víctimas; unos receptores pasivos que serían acreedores a los mismos con independencia de su aportación material, por razones meramente identitarias o sentimentales. Y ello como consecuencia de unos “derechos” inherentes al ser humano por haber nacido; que crecientemente se pretende extender a los animales, pues sería inmoral comerlos o explotarlos, juzgan, como venimos haciendo desde nuestros orígenes africanos hará 200.000 años.

Los primeros tienden a percibir que la desigualdad es una condición natural, derivada de los rasgos peculiares de cada persona, sus aptitudes, vocación, acierto y laboriosidad. A la par que los segundos, como el niño que le pedía a su padre la luna, opinan que la igualdad es un horizonte irrenunciable, de férrea obligatoriedad, un lecho de Procusto a imponer a sangre y fuego. Insisten los liberales en que sin exigencia educativa, jerarquización sobre la base del merecimiento y un adecuado sistema de recompensas no habría avance económico ni ocasión para desarrollar el talento. Y responden los progresistas que ellos son más numerosos, pueden importar si lo precisan nuevos desfavorecidos para reforzar sus demandas y, en cualquier caso, prefieren las utopías al frío cálculo racional.

Resulta ser un diálogo de besugos. Es imposible reconciliar a las personas que desean responsabilizarse de sus vidas, suplicando a los gobernantes que no las quieran tanto, y las que reclaman un grado aún mayor de supervisión, reglamentación, prevención y vigilancia, culpando a la autoridad municipal si tropiezan con una loseta. Cierto que unos son más proclives a llevar interiorizado cuanto se compadece con la experiencia y el sentido común, mientras que los segundos se las prometen felices imaginando un futuro ideal. Como lo es que los primeros, para ser y estar, se soportan solos, e incluso comparten, si es voluntariamente, lo creado por ellos, mientras que los segundos le tienen echado el ojo a lo que no es suyo y exigen la pitanza del Estado.

El contraste entre lo individual y lo colectivo, entre liberalismo y socialismo, es asimétrico. Para los no suscritos al credo izquierdista, el progresismo viene a ser, en relación a la felicidad humana, lo que esos machacones desvelos por nuestra ciberseguridad que nos abruman en la red, con respecto a nuestra privacidad. Esto es, una “protección corleonesa”. Una violación del último reducto de nuestra mismidad, con la excusa de cuidarnos. Ahí está el imperio del señor Zuckerberg, que nos “regaló” Facebook y otras compañías análogas, para “facilitar” la amistad, las relaciones humanas, la comunicación, un muro para colgar nuestras vanidades, y ahora nos anuncia el metaverso, al objeto de que nos labremos una existencia todavía mejor en una “segunda vida” virtual. ¿No se asemeja ello a las salvíficas redenciones de Beria, Stalin y compañía en su época? Desde luego, no te haces rico ni autócrata fomentando la emancipación, el auge del saber y el crecimiento personal ganado sin muletas.

Liberal, a nuestros efectos, es quien no se encuentra a gusto abducido, convertido en un cerebro inmerso en una cubeta, en víctima profesional o en mascota sobrealimentada. Tragándose telediarios. Desfilando al compás en rebaños, constelaciones masivas o abstracciones genéricas. Por el contrario, un liberal habita en el posibilismo tangible de un mundo con incógnitas y oportunidades. Aspira a elegir por su cuenta. Lo que desea para sí lo desea para los demás individuos, con sus talantes, su ajenidad legítima y su espíritu. Atendiendo a lo singular desde una actitud abierta. Sin sectarismo. Con visión crítica. De ahí la aversión del liberal a los controles estatales y a la estabulación. A que invadan y fiscalicen su intimidad. A tener que estar pendiente de los vericuetos de una burocracia diseñada para enmaromarle, arma predilecta de las brigadas del resentimiento, los tribunales de la envidia, los gendarmes de la igualación y el marxismo-leninismo recauchutado por Davos.

Los generosos progresistas, por su parte, aseguran centrar su interés en la humanidad. Pero la redefinen a su albur, en plan sinécdoque, aplicando ese hegemonismo de Laclau que subyuga a Errejón, mediante un amasijo de inmigrantes ilegales, “los de abajo”, potosí de islamistas, las tribus identitarias que les cuadren, anticapitalistas de mariscada o perroflautismo, grupos de presión sexuales y cuantas categorías disruptivas logren juntar. Ello les da pie para desplegar la ley del embudo, sempiternas discordias y tabulaciones maniqueas. En su ánimo está intentar arrasar a esa burguesía que, según Deirdre McCloskey, es el fruto más noble de la civilización. Quienes se adhieren al discurso son, por ensalmo, los buenos, en oposición al resto, los malos, que vienen a ser su hucha o su tío Gilito, al aportar la cantera de metafóricos tutsis o judíos, objetivos suculentos para coacciones y requisas, y de cuyo trabajo poder cobrarse, tal vez con un casoplón apto para deleitar a un Hugh Hefner castizo, el supremacismo moral que los impulsa. El gusto por lo ajeno se entiende de sobra. Te encuentras con algo ya hecho y sencillamente te sirves a porrillo, gratis.

Otros serán intocables, cabe presuponer. Como el Gran Wyoming, que en 2014 admitía poseer 19 inmuebles solamente en Madrid, pues “hay ricos que son buena gente”, explicaba, refiriéndose a sí mismo. Seguro que la ministra Belarra no planea arrebatarle un tercio para vivienda social. Tan cierto como que no puede ser igual llevarte tus ingresos a un “paraíso fiscal” si te llamas Pedro Almodóvar que si te llamas Mario Vargas Llosa. Las mismas acciones son típicos crímenes liberales o disculpables deslices progresistas, según de quién vengan. Como abusar sexualmente de menores, lo estamos viendo. Lo dirimente es tu camarilla, cómo te alineas. ¿Podríamos rebautizar el progresismo como el síndrome de Robin Hood, un Robin Hood caviar, envilecido y fatuo? Por cierto, qué desperdicio de palabra, “progresista”. Como antaño “compromiso”, prostituida por igual. Ha ocurrido con el vocablo lo mismo que con el “candelabro” de Sofía Mazagatos o el “ostentóreo” de Jesús Gil, que lo usas con ironía, por hacer un chiste tal quien remeda a Irene Montero, y te ensucia el alma.

Fealdad de sus chirriantes embustes aparte, los “favores” de los charlatanes de feria salen carísimos. Como escribe Pessoa a través de su heterónimo Bernardo Soares en el Libro del desasosiego: “Benditos aquellos que no confían su vida a nadie.”

Fernando Pessoa

Por descontado, admiradores como son de Robespierre, nuestros progresistas no sienten compasión o cercanía alguna hacia la persona de carne y hueso si la tienen por instrumento aprovechable, nutricio obsequio del destino susceptible de sufragar, con su patrimonio, la costosa implantación del Shangri-La socialista. Por eso no padecen –arguyen poniéndose solemnes—“cabalgando” sus contradicciones, dado que se conceden el privilegio de tenderse bajo el sol que más calienta, y girarse a conveniencia. Por eso están en su salsa ante las dictaduras de Cuba y Venezuela, mientras desprecian la tragedia de sus pueblos. Por eso aplauden la disponibilidad como aliados de los gigantes tecnológicos, los plutócratas del cambio climático y los opulentos fondos de inversión, que según sople el viento son buitres o la paloma de la paz. Los cuales les ayudan a multiplicar las prohibiciones, vaciar los bolsillos del prójimo, demonizar las libertades individuales y arrastrar al personal al puritanismo novedoso. Monitorizados, uncidos y ahítos de dogmas quieren tenernos en casa, una vez emborrachados. No les vendría mal, por salir de su desvarío, enterarse de quién era Max Stirner, y a poder ser que leyeran El único y su propiedad, aparecido en 1844, con pie de imprenta de 1845. Acaso el mejor libro sobre la individualidad que se haya escrito jamás.

Max Stirner

El sofisma del socialismo coetáneo posee calibre de Barrio Sésamo. Primero se postula un edén primigenio, en el que regía la abundancia y no se sufrían penalidades. Íbamos gozosamente desnudos, picoteando frutos y bayas deliciosos. Al no haber contaminación y las vacas peer poco, la Pachamama estaba contenta y no nos enviaba catástrofes. Las bestias eran mansas, sintientes y empáticas. Un clima de igualitarismo, solidaridad, calimocho y rosas. Hasta que se rompió el encanto. Entonces estalló el mundo de Hobbes: guerra de todos contra todos, choques entre ambiciones egoístas, ascenso darwiniano de los más fuertes, inteligentes o capaces, ese mercado pavoroso, la competitividad, la malévola meritocracia. Adiós al buen salvaje y a su comunismo primitivo. De donde nació la necesidad de recuperar el paraíso perdido. Algo imposible de realizar sin violencia y coacción. Gestionarlo en plan asambleario era inviable, así que fue menester empoderar a una casta, un comité central, una nomenklatura con sus coches blindados, sus escoltas y sus economatos exclusivos. Estructuras rígidas que, para domar al disconforme, requirieron el terror, los matones con porras, linchamientos. Esto, donde triunfó la causa popular. Aunque para los creyentes en territorio capitalista siguen sirviendo los dibujitos, los cánticos, la pedagogía terapéutica y bailar al corro de la patata.

Thomas Hobbes

Lo malo de dicho pandemónium, de ese Leviatán espeluznante, es que se resiste a morir. Aún acaecen manifestaciones del interés particular, inteligencias y genios que brotan de la nada, catástrofes naturales, las aristas inesperadas, luminosas, crueles o imperfectas de la realidad. Por no hablar de cuanto viene mal dado, la enfermedad, el dolor, la frustración, el entero catálogo de los pecados capitales. Aún nos toca asistir a lo contingente, el azar, los cisnes negros que identificara el agudo libanés cristiano Nassim Nicholas Taleb. Ante esto, el socialismo nos garantiza intervención radical, protección permanente, blindaje y asistencia. Suena igual de paternalista, demagógico y falso que lo de no dejar a nadie atrás, pero a los cómodos les alivia creerlo o simular, disciplinados, que lo creen. Para mimar sus conciencias, se aferran a los bocaditos de buenismo que contienen las leyes más disparatadas, tapándose un ojo ante la parte mollar, que es su devastadora agenda.

Erich Fromm

Aunque Erich Fromm publicara originalmente su El miedo a la libertad en 1941, inspirado por la sociedad alemana bajo los nazis, el libro se convirtió en referencia habitual para los jóvenes del 68, quienes hallaron en sus páginas lecciones cívicas sobre cómo comportarse, tanto a la hora de contrariar a una autoridad infame o arbitraria, renunciando al seguidismo clónico, como para la tarea de convivir en un respetuoso pluralismo. ¿Es esperar demasiado que quienes hoy en nuestro país temen proclamarse liberales, por el qué dirán y por no refutar la propaganda antiliberal, se apliquen el cuento? A veces hay que sacar coraje y señalarse, arriesgarse a sufrir burlas, delaciones o represalias laborales, si no queremos que liberales y progresistas vayan asumiendo, mutatis mutandis, los papeles de judíos y arios. No renunciemos a nuestra libertad y autonomía, por acatar esa oscura tutela matricial.