En Priego, memoria y futuro de España


Contra los que buscan abaratarla, desmantelarla y malversarla, cabe reflexionar sobre cómo devolverle entidad, vigor, salud y armonía.

Una de las ciudades más emblemáticas y hermosas, no sólo de la provincia, sino de toda España, es Priego de Córdoba. Decimos ciudad intencionadamente, porque una población de su tamaño, realce, tradición y señorío en cualquier país europeo sería denominada así. Parece mentira que en el paradigma carpetovetónico empleemos el término peyorativo de “pueblo” cuando nos referimos a lo que un alemán no dudaría en calificar como Stadt.

Ciudades de ese país comparables a Priego en demografía y personalidad serían por ejemplo Meissen, referencia mundial de la porcelana desde 1708; o Garmisch-Partenkirchen, lugar natal de Michael Ende y en su día residencia de autores de renombre como Ernst Bloch, Kurt Tucholsky o Karl Kraus; o Lindau, en el lago de Constanza, que llegó a acuñar moneda y albergó el Reichstag a finales del siglo XV. Lo mismo que un británico, cuyo idioma dispone de la digna voz town, que tampoco equivale al inglés village o al alemán Dorf, incluso acudiría a la palabra city para designar la categoría urbana de Lichfield, donde nació Samuel Johnson y se crio David Garrick; así como la bellísima Truro, en Cornualles, o Armagh en Irlanda del Norte, localidades bastante más pequeñas que Priego, aunque dotadas de catedrales espléndidas. Ciudades a todas luces, jamás “pueblos”. A ver si nos enteramos.

Lindau

Cúpole a Priego la fortuna de un aislamiento geográfico en unos parajes diferenciados en cuanto a orografía, clima y riqueza hídrica. De ahí hubieron de derivarse, por azares de la etnicidad y la genética, caudales de laboriosidad, dinamismo y talento fuera de lo común. La suntuosidad de su barroco, la distinción de su diseño urbano, esa elegante Fuente del Rey o el diseño de su Avenida de Colombia, lo mismo que su imponente castillo militar, reforzado en etapas alternas por dominadores musulmanes y cristianos, permiten apreciar el pervivir de la prosapia de España y sus inusuales gestas allende los piélagos del planeta, en ejercicio de una talasocracia harto más benigna y civilizadora que las de Holanda o Inglaterra, por mucho que, tras la derrota de Trafalgar y consiguiente pérdida de la flota, las tornas del poder sancionaran una decadencia institucional y anímica, tal fuese el sino de otros imperios anteriores o posteriores.

Fuente del Rey

Que la autoridad educativa haya decidido expurgar las glorias del pasado nacional de los libros de texto y los planes de estudios casa con su adanismo. Como evoca Octavio Paz en El laberinto de la soledad, los revolucionarios se empeñan, cada vez que tienen ocasión de imponer su voladura, en romper relojes y calendarios, en derribar monumentos y profanar tumbas, en cambiar nombres de meses o de calles. Ambicionan decretar un reinicio para su “hombre nuevo”, con la pueril ilusión de hacer creer a ese alumnado menor de edad con el que confunden a la ciudadanía que, con ellos, se vuelve a inventar la rueda, a descubrir el Mediterráneo o la tortilla de patatas, a repetir un Génesis, a producirse una refundación de lo real, con ellos de campanudos demiurgos. Poco les importa plagiar, saquear o hacer el ridículo. A sus ojos todo depende, como la fiscalía al decir de Sánchez o la semántica en el mundo de Alicia, de quien agite el garrote más grueso. Se equivocan. La historia no se esfuma, aunque ellos se lo ordenen o masacren sus vestigios. Igual que la memoria de los genes, está inscrita con una caligrafía imperecedera.

Ha sido Priego cuna de un sinfín de personajes ilustres que jamás caerán en el olvido, porque sus conciudadanos se enorgullecen de ellos y difunden su legado, según corresponde a bien nacidos. Si nos acercamos a la magnífica página web inspirada por el catedrático Manuel Peláez del Rosal –quien además ha tenido el acierto de rescatar y convertir en hospedería el antiguo Convento de San Francisco–, nos encontraremos con dos ricos milenios útiles para calibrar la significación y los galones de este municipio. Repasando esa elocuente galería humana nos tropezamos con mártires, mecenas y magistrados. Comprendemos por qué vieron allí la luz canteros, retablistas, escultores, escritores, músicos y pintores. Advertimos cómo surgieron de ese entorno místicos, médicos y marinos. Corroboramos cómo las circunstancias de la vida en la villa provocaron que se consolidaran historiadores, juristas, ingenieros y eclesiásticos, al lado de militares, diplomáticos, virreyes y políticos. He aquí una cala concreta, nada escueta o mezquina, en la pujanza cultural e imperial de España, concentrada en una urbe tan singular como representativa de las virtudes objetivas y de la idiosincrasia que concurren. ¿Resulta “patriotero” alegrarse de ello? ¿No ha de otorgar felicidad, lección resplandeciente y confianza, en nuestros logros y posibilidades, cuanto Priego nos brinda como ejemplo?

Adolfo Lozano Sidro

Yendo a las épocas menos remotas, es manifiesto que los finales del siglo XIX y comienzos del XX conforman, como en tantísimos lugares, una cima objetiva de refinamiento, civilización y pulsión reformista. Asimismo comportan un sagaz maridaje entre valores conservadores y valores liberales, entre creatividad empresarial y conciencia social respecto a los desfavorecidos. Una visita al Museo Adolfo Lozano Sidro acredita plenamente lo que fueron esa sociedad, esa burguesía industriosa y responsable, esos afanes de progreso. Aunque trabajase sobre todo en Madrid, este pintor e ilustrador consigue trasladarnos al lustre y la elegancia de dicho universo ordenado. Traslucen sus imágenes un sentimiento gozoso, en el que aún no estaba mal visto el respeto a las iniciativas individuales, el aplauso a la creación de riqueza y, desde luego, el servicio desinteresado y alegre a la patria chica. Patria Chica se denominó justamente el efímero periódico prieguense fundado por el poeta Carlos Valverde López, cuyas páginas han conservado el estilo y la prestancia de entonces.

Empero, el que tuvo, retuvo. Las portentosas iglesias barrocas que afloran aquí y allá, hitos de una incuestionable vocación de excelencia, o ese incomparable adarve, cuyas vistas parecen transportarnos a paisajes de leyenda, no son incompatibles con la oportunidad de toparnos de súbito, si deambulamos por el casco, con artistas y profesionales vivos de primera fila. Así, entre los no precisamente escasos residentes coetáneos que han dado la vuelta a la tierra numerosas veces, triunfando mediante el brillo de sus aptitudes en los principales países del orbe, está el pianista Antonio López, que da nombre al Conservatorio de Música y es figura señera de la interpretación.

Niceto Alcalá-Zamora

Pero si existe un espacio en Priego que emociona en especial, tanto por lo que alberga de forma tangible como por lo que encarna espiritualmente, es la Casa-Museo D. Niceto Alcalá-Zamora. Milagrosamente es la misma en la que su madre lo trajo al mundo y en la que para infinita melancolía de tantos compatriotas decentes actualmente se exhibe, junto a numerosos objetos, documentos y fuentes documentales de notable valor, el modesto sofá en el que falleció, en la Buenos Aires de 1949, reducido a la modestia económica por el régimen franquista, el primer presidente de la II República Española. Su director y máximo responsable, Francisco Durán Alcalá, lleva bastantes años desarrollando una labor providencial, de relevancia palpable, que incluye la publicación –van ya por el Tomo XXVI, recientemente presentado—de la Obra Completa de nuestro estadista. Pues Don Niceto, un estudiante clarividente y autodidacta, fue una inteligencia natural de primer orden, un político liberal en cuya alma convivían con holgura el católico y el masón, el hombre de leyes y el hombre de acción, el demócrata y el republicano, el orador admirable y el memorialista.

Esta Casa-Museo no es un sitio conmemorativo al uso, ni un homenaje nostálgico a esa República que Manuel Azaña –enemigo íntimo de Alcalá-Zamora– y otros aún más soberbios, incendiarios y malcontentos que él se encargaron de torpedear mediante la ilegalidad, la intransigencia y los disturbios muchísimo antes del 18 de julio de 1936. Por el contrario, implica una demostración del genio de la Edad de Plata española, vívida plasmación de lo que pudo haber sido y no fue, emocionante e instructivo reflejo del idealismo, la nobleza y la generosidad de deslumbrantes caracteres como los de Ortega, Unamuno, Pérez de Ayala, Maeztu, Menéndez Pidal, Ángel Pestaña y tantísimos otros, a derecha e izquierda. Incluyendo, por descontado, a Don Niceto Alcalá-Zamora y Torres.

Quien experimente respeto y empatía hacia su propio acervo colectivo jamás incurrirá en el sectarismo, las banderías fanáticas o la historicidad selectiva. Por fuerza renegará de ese zafio constructo llamado “memoria histórica”, que los demagogos del presente están utilizando para contaminar las mentes, embrutecer el sistema de enseñanza y manipular el futuro a su antojo. Desde esa óptica, tal vez pudieran ser fundamentales Alcalá-Zamora y la ciudad de Priego, para desintoxicarnos de tantísimos desafueros. Y ello al objeto de darle la espalda a este suicidio orquestado contra la belleza, la profundidad y la fecundidad simbólica inherentes a la idea de España. Contra los que buscan abaratarla, desmantelarla y malversarla, cabe reflexionar sobre cómo devolverle entidad, vigor, salud y armonía. Desplegando entendimiento y con pasión. Aquilatando los abundantes tesoros de ayer y de hoy. Y transmitiendo su conocimiento, su respetuoso uso y disfrute, a los hombres venideros