Buscando el bien, haciendo el mal


Es el nuevo estilo de festejar la ordinariez, de socializar lo vacuo, de diluir el talento y censurar el mérito

Según explica Sam Harris en Free Will, los ditirambos al individualismo no deben dar la espalda al dato de que tres cuartas partes de lo que pensamos, anhelamos y llevamos a cabo vienen determinadas por factores biológicos relativamente inconscientes. Y, en sustancia, inamovibles. Así pues, las prédicas suasorias poseen un alcance limitado. Tendrán más éxito el exaltado que enardece a su auditorio con los embustes que ansía escuchar o el publicitario que anuncia ese producto milagrero que embauca a los predispuestos. Exponer contingencias objetivas y racionales, en comparación, carece de gancho. En esa medida, aciertan liberales y socialistas al dejar en segundo plano la apetencia de los gobernados al definir sus preferencias, cifradas en la emancipación o el paternalismo respectivamente. La democracia per se poco discierne entre saber o engaño.

 La ventaja del liberalismo sobre el socialismo es de entrada técnica, impersonal, porque conduce al progreso económico de todos mediante el sano impulso a la desigualdad. Y después ética, al dibujar una perspectiva de seres autónomos, adultos y librepensadores en el sentido de la Ilustración. Esto es, al proporcionar motivos para el esfuerzo, recompensas al trabajo congruente y castigos didácticos a la incompetencia, la pasividad victimista y el escamoteo de responsabilidades. Pues sólo un sistema que contemple los merecimientos de cada cual estimula mejoras, desincentivando el fraude y el parasitismo social. Pero a la izquierda no le agrada esgrimir la realidad empírica. Las fantasías que inventa son de improbable refutación por parte de la observación aséptica o la cordura, al nacer de pulsiones atávicas, paranoides y sentimentales. Conforman su suprarrealidad sistémica, una dogmática sustitutoria, un fanatismo inclusive sincero.

Para confundir más al público, infesta la red un maremágnum de sermones, monólogos y teatralizaciones procedentes de una miríada de aspirantes a monetizar sus monsergas. Savonarolas de este tiempo, los youtubers suelen proclamar mensajes catastrofistas. Revelan conexiones ocultas, conspiraciones planetarias e inminentes colapsos del orden mundial. Asimismo están los influencers, que venden moda, frivolidad y estridencias. Juegan unos y otros –al modo de los dirigentes políticos que lanzan cuentas de colores– con la vanidad candorosa de quienes miran y escuchan, engriendo a sus destinatarios mientras instilan toxicidad a una doxa que se expande en los cerebros con parsimoniosa irreversibilidad, cual la colada de un volcán.

Girolamo Savonarola

¿Qué parte de sus yoes ejerce de cocinero en jefe maridando los ingredientes, probando de cuando en cuando el mejunje y vibrando de complacencia cuando encaja con sus inclinaciones? En ese núcleo se amasa la opinión. Creerá el sujeto que tal criterio se forma a base de informaciones externas debidamente calibradas por su mente pensante, una vez cotejadas y cribadas antes de adoptar una decisión propia. ¡Quia! Sucede que dicha papilla desarrolla una textura y un sabor previstos con antelación. Nos apercibamos o no, somos perros de Pávlov, enjambres de genes. El opinante suscribe aquello que sus condicionantes, llámense prejuicios, sesgos y talantes, le inducen a abrazar.

Perro de Pávlov

Se comprobó con el Covid, las mascarillas y las vacunas en tanto que fetiches para marcar con su hierro a cada ganadería. Cuanta más insipiencia, tanto más apasionamiento combativo. Chiquito se quedaba el fútbol. Y se aprecia, por supuesto, en las reacciones a la propaganda populista. Por eso el votante del partido equis no va a cambiar el voto si sus jefes son pillados en posición desairada, con las manos en la masa o dando la nota. Es más dirimente ser leal a los colores, el lazo familiar. La identificación selectiva con los materiales suministrados por la comunicación digital –cual si fuera un retorno a las épocas previas a la alfabetización general, cuando religiones y poderes seculares elaboraban imágenes simbólicas para que se grabasen en el observador semiconsciente—obtiene el asentimiento deseado, porque alegra y refuerza la adicción.

Los humanos no varían gran cosa con el paso del tiempo. Los que eran lerdos de chicos, prosiguen siéndolo de mayores. Esos que eran torpes, ingratos y brutos continúan igual medio siglo después. El que era pedigüeño y tramposo no ha mudado de carácter. Antes bien acrecienta y perfecciona sus defectos, según va madurando, tornándolos más eficaces, enraizándolos con más destreza. Somos como somos. El rictus, los andares, los tics, las fobias, los temores… el niño es el padre del hombre. Lo comprueban en carne propia quienes adoptan ingenuamente a ciertas criaturas, fiados de la superstición de que la educación puede más que la sangre. En la miopía les va la penitencia.

Y ya que toca convivir con quienes, en el menos lesivo de los casos, nos irritan, el objetivo será lograrlo sin doctorarse en amargura. Sin lacerarnos moralmente a base de embaularnos la frustración. Pero se presentan empeños más arduos que dar por aceptables, léase políticamente correctas, las lacras ajenas. Ahí está, por ejemplo, el reto de evitar que nuestra tolerancia se convierta en el acicate que las infle y consolide. Antaño suponían que una bofetada a tiempo evitaba que un arrapiezo se degradara hasta su peor versión. ¡O tempora, o mores! Hoy no sólo constituye un delito penal la bofetada, sino que cualquier transgresor, de un ladrón a un asesino, pasando por un pícaro o un caradura, goza de mil excusas, pasarelas, puertas giratorias y justificaciones. ¿No representa Bildu el súmmum en diversidad, derechos, protección y cuidados?

Mijaíl Bajtín

El mundo al revés, como cuando el gay de carroza exhibe orgulloso su camiseta del Che Guevara con tirantes. Esto habría superado a Bajtín, pues ya es carnaval todo el año, como lucen carnavalizadas las instituciones. El vicio repetido es la inversión, poner las cosas patas arriba, decirse que lo negro es blanco, dándose una palmada en el muslo. De tal suerte, la contra-ética contemporánea, autodenominada progresista, conlleva una inflación en el premio y el elogio que ni Weimar o Zimbabue. Aprobarle el curso al zopenco. Halagarle los ripios al poetastro. Compensar mediante discriminación positiva –contante y sonante– a quien alegue que algún precedente remoto de su sexo, raza, tribu o escora sexual debió de sufrir agravio imaginario o real. Ascender al incompetente, ya no en virtud del enchufe o el chantaje como era costumbre, sino directamente por lástima, por cuota identitaria, por caridad ideológica: dicha fata Morgana impregna el aire de los tiempos en la docencia, la literatura, los ascensos en el escalafón. Lo que llaman buenismo.

Es el nuevo estilo de festejar la ordinariez, de socializar lo vacuo, de diluir el talento y censurar el mérito. Empero, si damos rienda suelta a la beneficencia, y jaleamos la inanidad alborozados, ¿adónde nos encamina la deriva? Acaso hacia un destino que apenas se le antojará infame a la minoría que saldrá perjudicada: a los que encarnan el valor genuino, la aristocracia del espíritu, el segmento intelectualmente superior, una decreciente élite moral. Si los que ahora conducen los asuntos de España, ese orfeón de maestros Ciruela, “han podido”, ¿quién no los emulará? Es inimaginable que a cualquiera, en lo sucesivo, le venga grande un cargo. Vivimos a la altura del betún. ¿Soluciones? No, no requerimos cayetanos, ni borjamaris, ni niñatos de complicado apellido. Sino una meritocracia de codos desgastados y actitud humilde, de materia gris, vocación de sacrificio y honradez. Porque cuando Yolanda Díaz declara que “el comunismo es la democracia y la igualdad”, miente.

Hemos recorrido un largo trecho desde que surgieran los nihilistas rusos, a mitad del XIX. Los identifica y les da nombre Iván Turguénev hacia 1862, con su novela Padres e hijos, aunque lógicamente configurarán un esnobismo tan nefasto como contagioso. Lo pintoresco es que no pocos aristócratas y terratenientes rusos se entusiasmarán con el fenómeno, trastocando su religiosidad de origen y abogando por una alucinante radicalidad. Lo mismo hará Aleksandr Herzen (1812-1870), uno de tantos revolucionarios de altísima extracción social. Narra su trayectoria en unas extensas memorias tituladas El pasado y las ideas (Barcelona: El Aleph Editores, 2013), en las que no es capaz de expresar rechazo a Mijaíl Bakunin y su periplo biográfico, basado en propagar la violencia, el ateísmo, la disolución social y una destrucción exhaustiva.

Dostoievski

Contra ese pensamiento escribiría Fiódor Dostoievski, que no era precisamente un conservador ni un pacato, dos novelas capitales, Memorias del subsuelo (1864) y Los endemoniados (1871-72), en las que aparecen activistas obsesivamente centrados en matar, asolar y demoler, tanto el propio país como Europa. Se ven de instrumentos netamente exterminadores, embebidos de una furia de aniquilación que los asemeja, según ellos, a mártires primitivos. Concibiéndose exentos de cualquier obligación o intención edificantes opinan, con un infantilismo rayano en la imbecilidad, que sólo tras “cortar cien millones de cabezas” –la frase procede de Los endemoniados, aunque adelanta proféticamente la exactitud del proyecto comunista– podrá surgir, por ensalmo y sin su aportación, diseño o influencia, un planeta feliz.

Otro espeluznante personaje en este contexto es Nikolái Chernyshevski (1828-1889), el autor de la novela ¿Qué hacer? (Madrid: Akal, 2019), que movería al mismísimo Lenin a escribir otro libro con idéntico título, y cuya influencia en la Revolución de 1917 se considera más poderosa incluso que la de El capital de Marx. El príncipe Piotr Kropotkin, otro de los promotores del anarcocomunismo, le profesaba una elevada estima, señal de que Chernyshevski, un seguidor de Charles Fourier que causó furor entre la juventud acomodada de Rusia, se proponía no dejar piedra sobre piedra, acabando con el matrimonio, la propiedad privada, la religión, el vínculo entre padres e hijos y las estructuras de producción conocidas hasta la fecha.

Rusia se sitúa en vanguardia en un nuevo tipo de criminalidad política. Aunque la palabra “terrorismo”, no menos que su praxis, debe su implantación a Robespierre y a la Revolución Francesa, son estos rusos quienes le confieren su acepción moderna. Dmitry Karakozov es el primer terrorista revolucionario en debutar. Directamente influido por Chernyshevski, intenta asesinar a Alejandro II en 1866, pero falla. Resulta paradójico que un zar como él, de carácter bondadoso, empeñado desde que sucediera a su padre Nicolás I en liberalizar y democratizar la patria rusa, y finalmente rematado en 1881, despertara los peores instintos en los jóvenes nihilistas, terroristas, comunistas y anarquistas. Como afirma un personaje de Dostoievski: “A mí en realidad no me importa si los campesinos son libres o no. […] Nuestro objetivo es otro: cuanto peor, mejor.” El aserto se inspira en el más diabólico de esta galería infernal, Serguéi Necháyev (1847-1882). Era un farsante, un mitómano, un seductor mesmérico, un delator y un odiador despiadado. Aunque llevaba siempre encima una lista con las cerca de mil personalidades relevantes que debían apiolar sus abducidos secuaces, sólo acabó con una persona en su vida, un compañero fiel al que disparó a traición por criticar su extremismo. El entramado de células tipo ETA o FRAP es invento suyo. Sus crueles principios se explicitan en su Catecismo de un revolucionario, que deja corto incluso a su amigo Bakunin, ese que ensalzó el placer de destruir como “una pasión creadora.”