Un castillo en el horizonte


Los peroles en Córdoba son una excusa para comer mal y vivir bien

Prados verdes y suaves lomas. La sequía tiene a veces efectos hermosos en las colas del pantano. La segunda Breña subsiste sin agua porque, como decía Gerardo Diego, el nombre crea. Poco más allá, la primera mantiene el porte de lago interior, con reflejos misteriosos, artúricos, prestos a la aparición de la espada, no en vano, a lo lejos, se divisa la silueta de un castillo intacto, como salido de la imaginación de un poeta. Tal que sucede en todos los castillos, en este residen almas que se negaron a abandonarlo, a rendirse al sitio feroz de la realidad, porque el mundo de la fantasía no se termina con la muerte. Los espíritus de Rafael Desmaissieres y Farina y de Adolfo Fernández Casanova, romántico propietario y arquitecto restaurador del Castillo de Almodóvar, respectivamente, deben seguir allí, oteándonos desde sus torres, que son un permanente homenaje a la ilusión de vivir.

Pero, probablemente, ni el duodécimo conde de Torralba, ni el ilustre arquitecto que fuera también restaurador de la Catedral de Sevilla, ni siquiera el productor ejecutivo de Juego de Tronos, tuvieran la oportunidad de obtener la imagen ensoñadora de su castillo que desde la colina de Cabeza Pedro se contempla. Este privilegio estaba reservado a la familia Medialdea. Y es aquí donde la historia se convierte justamente en leyenda.

A doce kilómetros del pueblo, bordeando el pantano, a través de carreteras que van perdiendo el asfalto y se transforman en caminos, excavados por torronteras, marchan los coches procurando mantenerse sobre las encimeras, mientras los urbanitas se preguntan estoicos: ¿A dónde demonios vamos? Solo cabe una respuesta: seguir al guía, fijo en su trayectoria, conscientes de que somos polvo, aunque, hasta que lo seamos definitivamente, será justo disfrutar de lo que nos rodea. Encinas y alcornoques, acebuchales y quejigos, algunos pinos y viejos algarrobos para darnos la estricta sombra. A su vera, a modo de alfombra y a veces algo más, como ensayando un jardín vertical, romeros, salvias y lavandas, y poderosos lentiscos y jaras, y la simple yerba, que da pasto y cama a vacas pelirrojas y a cerdos negros. No es habitual que echemos cuenta de sus nombres, pero sí de su presencia y de sus olores. El campo es para el que lo recorre, tanto como para el que lo trabaja. Como la vida, que ha de pasarse ligera, siempre atentos a la maravilla que nos ofrece, por si misma y por quienes la embellecen.

Íbamos alegres a comernos un perol. Y para compensar el día perfecto que se nos daba y el lugar mágico al que se nos invitaba, yo hice el peor arroz de mi vida, si bien una señora, una benefactora de la humanidad, con la sabiduría que solo las mujeres poseen para la cocina, aunque los hombres empeñemos nuestra vanidad en guisar en el campo, se aprestó a arreglarlo y acaso lo lograra, o al menos lo hizo comestible. Otro de los asistentes elaboró uno de mariscos nada desdeñable. En todo caso, y no lo digo como justificación personal, los peroles en Córdoba son una excusa para comer mal y vivir bien. Porque cualquier cosa que se coma a la intemperie nos parece inolvidable. Tal vez porque el sol y las estrellas sean el condimento esencial de los peroles.

De hecho, hay peroles que son una peregrinación. Llegas a lugares que parecen santuarios, lugares que juntan con el paisaje la sensación solemne de que a ellos llegaron para vivir otros hombres, hace miles de años, y en los que hubiera que retomar el rito, encender el fuego y calentar una comida, en torno a la cual se reúne la familia, los amigos, la tribu, el pueblo y la nación. Somos el perol que compartimos, incluso cuando es malo. La vida se reparte entre peroles buenos y peroles malos. La buena vida consiste en recordarlos todos para bien. Es fácil en un lugar como este, desde donde las cosas se ven con sus perfiles perfectos. La tierra se ondula verde hasta la línea del cielo, donde un castillo la tasa azul como un registrador de la propiedad. Quien ve el mundo así, tan equilibrado, no repara en cambios climáticos, ni en políticos que los prediquen. Sabe que todo es más grande, y así lo acepta, con devoción inocente por reencontrada.

Al cabo, con la penúltima copa, veremos hacia el horizonte ese castillo. Un brindis entonces resolverá nuestras dudas. La vida vale por lo que es y nosotros valemos por lo que somos. Un olvido constante y un recuerdo permanente. El vino que momentáneamente nos hace felices. El agujero negro que nos traslada periódicamente a donde siempre queremos volver. La infancia que se reinventa con la amistad y que nos pide de nuevo hacer el indio, o el pirata, o el caballero andante que mira el castillo, a lo lejos, al que nunca llegará, pero del que partió quizá un día hace mucho tiempo, hace muchos libros.