Humor vicario


Ningún paisano, por presuntuoso que fuera, existía a efectos sociales si Vic no lo dibujaba en la mañana de la prensa diaria.

Vicente Torres, VIC /Foto:Pilar Suáez

Digno homenaje el que ABC, junto al Ayuntamiento, la Junta y la incorporación apresurada de la Diputación, que tuvo el olfato suficiente para no quedarse atrás en este acto que a la postre celebraba a uno de los suyos, ofrece desde el pasado lunes a Vicente Torres Esquivias, un cordobés cruzado de sangre jaenera y sevillana, con un poquito de sal de Cádiz, donde fue infante de Marina y fatigó carnavales. O sea, el Guadalquivir esencial, la impronta andaluza por antonomasia, la gracia en estado puro, repujada de ironía, encarnada en un funcionario, nada taciturno, que podría haber sido otra cosa y de hecho fue otra cosa. Lo cierto es que Vic, el artista y el funcionario, ya en unión hipostática para la eternidad, dos años después de su muerte y de su entrada en la historia oficial y en la leyenda oficiosa, reunió a la clase política e institucional cordobesa en un conclave de sonrisas y parabienes.

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Vicente Torres, VIC /Foto:Pilar Suárez-El Azogue

Todos se declararon devotos del humorista e incluso amigos. Y le agradecieron la deferencia y el postín que les dio sacándolos en sus viñetas. Ningún paisano, por presuntuoso que fuera, existía a efectos sociales si Vic no lo dibujaba en la mañana de la prensa diaria. Así lo reconocieron tirios y troyanos, porque Vic se infiltró en su cotidianidad de un modo condescendiente, amable, aunque no exento de rigor. Cada día completaba con sutileza las medias verdades a las que los políticos suelen abonarse, tal vez porque su responsabilidad les confunde. Vic les facilitaba la tarea de reencontrarse en lo mejor de sí mismos, recordándoles, como a los generales romanos en sus triunfos, que solo eran hombres y acaso ridículos en su poquedad, pero siempre humanos, demasiado humanos, en su ternura. Durante muchos años, primero en La Información y La Tribuna, luego, en su época dorada, en el Diario Córdoba, y por último, en su plenitud madura, en el ABC, sin olvidar las joyas que dejó en la revista de la caseta “El Abrevaero”, que gracias a él, entre otros, fue referente popular e ilustrado de nuestra feria, y en el periódico digital El Azogue, de corta pero brillante vida, mi buen amigo Vicente hizo importantes, si no grandes, a incontables cordobeses contemporáneos. Políticos y meritorios, funcionarios y laborales, universitarios y obreros, urbanitas y parcelistas, peñistas y cofrades… A todos les puso la humilde sonrisa en la boca ante su propia ingenuidad, su cinismo o su insignificancia.

En el Teatro Cómico Principal -el nombre del establecimiento le viene en este caso como anillo al dedo o como marco a la obra de arte- tienen ustedes casi un mes por delante para disfrutar de una antología de Vic, parcial e insuficiente, como todas, que les dará muestra destacada de su talento, no solo por la limpieza de su dibujo, sino, más aún, por la agudeza única de su ingenio. Porque Vic no hacía caricaturas, sino suprema literatura ilustrada, como un Beato de la modernidad. El mundo es serio por razones obvias, es una espera de la tragedia final que a veces animamos con comedias de situación. Vicente puso su genio al servicio de este consuelo. El humor de Vic es vicario de la solemne mediocridad de nuestras vidas.

 

Yo mismo tengo el honor de que haber sido su modelo más de una vez, tal que la imagen que acompaña a mis artículos en este medio de comunicación. Soy, pues, uno de esos cordobeses potencialmente destinados a la posteridad. Sea así o no, nunca le agradeceré lo suficiente que su lápiz haya prestado a mi pluma la gracia que le falta.